De Política y Cosas Peores
Nadie en sus cinco sentidos -seis en la mujer- debería leer el cuento que descorre hoy el telón de esta columna. Para nosotros, mexicanos, los chistes picarescos, atrevidos, son colorados, o sea rojos. Para los españoles son verdes, y azules para los norteamericanos. Pues bien: el chascarrillo que digo es azul, verde y colorado. Lo prohibieron de consuno la Liga de la Decencia y la Pía Sociedad de Sociedades Pías. Está marcado con cinco equis (XXXXX, si conté bien) por el Ministerio de la Sicalipsis. He aquí esa vitanda historieta. En un antro de moda un hombre joven entabló conversación con una guapa chica. Le invitó una copa, y ella bebió dos, y luego tres o cuatro más. Eso llevó a que le propusiera a su nuevo amigo que la acompañara a su departamento. Al llegar le dio la llave y le pidió: "Abre tú la puerta". "¿Por qué?" -se extrañó él. Respondió la chica: "Por la forma en que introducen la llave en la cerradura puedo adivinar cómo serán mis galanes en la cama. Si la introducen lentamente sé que serán morosos, tiernos y delicados al hacerme el amor. Si la introducen con rapidez sé que serán ardientes, arrebatados y fogosos al realizar el acto". El visitante tomó la llave, y en seguida se inclinó. "¿Qué haces?" -le preguntó la muchacha, sorprendida. Explicó él: "Antes de introducir la llave me gusta darle unos besitos a la cerradura". En inglés reciben el nombre de foreplay las caricias y juegos amorosos que deben anteceder a la relación carnal. Ese preludio es necesario tanto por motivos puramente físicos -de lubricación, etcétera- como para hacer más íntima la unión de los cuerpos. Advierto, sin embargo, que estoy invadiendo terrenos reservados a los doctores Masters y Johnson y a otros destacados sexólogos como Kinsey, Ellis y Reich. El famoso autor estadounidense Irving Wallace hizo una exhaustiva investigación sobre ese tema, y concluyó que la duración promedio del acto del amor es de 7 minutos, título que dio a una de sus exitosas novelas, escrita por cierto en su mansión a la orilla del mar entre Tijuana y Ensenada. Pero vuelvo a lo mío, que es procurar poner un poco de buen humor en la mañana del domingo de mis cuatro lectores. Susiflor le contó a su amiga Rosibel: "Don Algón me dijo anoche que si iba con él al Motel Kamawa me regalaría un reloj". Sin vacilar pidió la amiga: "A verlo". "Mis intenciones son honestas, Dulcibel -le dijo el galancete a la linda damisela-. Te lo juro con la mano puesta en el corazón". "Está muy bien -respondió ella-. Pero creo que deberías poner la mano en tu corazón, no en el mío". La bella maestra de escuela infantil creyó reconocer en el centro comercial al papá de uno de sus pequeños alumnos. Le preguntó: "¿No es usted el padre de uno de mis niños?". Respondió el interrogado: "No, pero me gustaría serlo". Doña Clareta comentó: "Mi marido y yo somos felices desde que dormimos en camas separadas. La mía está aquí; la de él en Sidney, Australia". Luego de regresar de la luna de miel la recién casada felicitó a su flamante maridito: "Qué potente eres, Candidiano. Fui con el doctor y me dijo que ya tengo cuatro meses de embarazo". El señor le preguntó al agente de viajes: "¿Cuánto me costaría pasar cinco días en Las Vegas con mi esposa?". El de la agencia le informó el monto. Inquirió el señor: "¿Y si voy solo?". Respondió el otro: "Calcule usted el triple". Avidia casó con don Amalio, caballero de muy madura edad. Al día siguiente de la noche nupcial la desposada llamó por teléfono a una amiga y le contó, enojada: "¡Viejillo desgraciado! Me dijo que si me casaba con él me daría sus ahorros de 20 años. ¡Pero yo creí que hablaba de dinero!".
FIN.