De política y cosas peores
He leído los libros sagrados: los de Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare, Goethe, Dickens, Balzac, Flaubert, Tolstoi, Dostoievski, y así hasta llegar a Faulkner, Rulfo, García Márquez, Borges y los demás dioses de la literatura. Para salvarme de fanatismos e intolerancias me he alejado cautelosamente de los libros llamados "sagrados" por los predicadores, pues en el breve contacto que con ellos tuve los encontré llenos de barbaridades y contradicciones. Ya que cité a Dostoievski diré que este año se cumplen 160 de la publicación de una de sus obras capitales: "El jugador", novela en buena parte autobiográfica, como suelen ser las grandes novelas. Todos los libros son en mayor o menor medida autobiográficos; el principal personaje del escritor es él mismo. Pero estoy divagando, actividad en la que se me ha ido gran parte de mi vida. A lo que voy es a relatar las desventuras de un ludópata, hombre adicto a juegos de azar tales como la vida, el matrimonio y otros igualmente llenos de riesgos, y azarosos. El tipo creía ser un gran jugador de póquer, de modo que cuando supo que había llegado a la ciudad un tahúr especializado en ese juego fue a retarlo. "No, amigo -declinó el otro el desafío-. Yo soy un profesional; usted, un mero aficionado. Lo voy a pelar". En jerga de tahúres eso de "pelar" quiere decir ganarle todo su dinero al adversario. El otro insistió, y el profesional no necesitó más de media hora para dejarlo sin blanca. Le ganó fácilmente todo el dinero que traía, y también el que tenía en el banco. No sólo eso: el pendejo aficionado -no pido disculpas por el adjetivo, pues el majadero lo merecía- perdió también su coche, y aun su casa. "Deme la revancha" -le pidió ansiosamente al profesional. Replicó éste: "Ya no tiene usted nada qué apostar". "Sí tengo -opuso con desesperación el necio-. Le apuesto en una sola mano una hora con mi esposa contra todo lo que me ha ganado". Inquirió, calculador, el individuo: "¿Está buena la señora?". "Se la garantizo" -respondió el bellaco. Jugaron la tal mano, y otra vez ganó el tahúr. Allá van los dos a la casa del perdidoso, a que el ganador cobrara la villana apuesta. En el trayecto el aficionado iba pensando, poseído por los remordimientos: "¿Qué he hecho, santo Cielo? Mi esposa es casta, honesta y cándida. Fue alumna de las Madres de la Reverberación; está llena de virtudes. Su libro de cabecera es 'Pureza y hermosura", de monseñor Tihamér Tóth. En la cuaresma ayuna, y me hace ayunar de todo a mí también. Y he aquí que la he puesto en este trance que la deshonrará, Soy un canalla, un infame, un pérfido, un ruin". Llegaron a la casa, y el marido llamó a su esposa, que estaba ya en su impoluto lecho de casada. Atribulado, el hombre le contó lo que había sucedido y le pidió ayudarlo a cumplir la apuesta. Ella se echó a llorar desesperadamente. Durante 10 minutos habló entre lágrimas de la santidad del matrimonio, y además adujo que esa noche le dolía la cabeza. El bribón invocó la estúpida sentencia según la cual "Deudas de juego son deudas de honor", cuando en verdad son de deshonor, y le dijo a su mujer que si no cumplía la apuesta tendría que suicidarse. Ante esa disyuntiva la señora aceptó yacer con el tahúr. Los dos fueron a la alcoba en el segundo piso. El hombre quedó abajo -muy abajo-, recordando lo de la castidad y honestidad de su esposa, lo de las Madres de la Reverberación, lo de monseñor Tihamér Tóth y todo lo demás. Transcurrida una hora la señora y el tahúr salieron de la alcoba. Lleno de vergüenza el marido se ocultó bajo la escalera. Desde ahí alcanzó a oír lo que su mujer le dijo en voz baja al individuo: "También juega muy mal al dominó". FIN.