De política y cosas peores
Pintaré un mural imaginario con lo que el pasado domingo por la tarde se vivió en Saltillo, mi ciudad. En la bella Alameda las familias paseaban bajo los umbrosos árboles. Los papás les compraban a sus niños algodones de azúcar y globos de colores. Una linda chica iba con su perro. En una banca la pareja de madura edad evocaba sus años de juventud, y junto a la fuente sevillana un joven de larga melena -¿será acaso poeta?- leía un libro, olvidado del mundo. En el restorán “El Chivatito”, de Lalo Cárdenas, unos afortunados comensales disfrutaban el sabroso cabrito que ahí se sirve, el mejor de la ciudad, y en “La vaca argentina” un abuelo de cabeza cana celebraba feliz el cumpleaños de uno de sus nietos.
En muchas casas se cumplía el ritual norteño de la carne asada: los amigos compartían una cheve o un tequilita; cuidaban de que el rib eye, la ahuja -que no aguja- o la costilla no se pasara de punto, y ponían sobre las brasas el rico pan de pulque saltillero para el postre. En el súper los señores y las señoras hacían las compras de la semana. Incurriré en un lugar común: reinaba por doquier la paz. Y eso no sólo era en Saltillo: igual sucedía en todas partes de Coahuila.
A esas mismas horas en una veintena de ciudades del país la gente se metía en sus casas, temerosa. Sonaban sirenas de ambulancias y patrullas. Largas columnas de humo se elevaban por los incendios de supermercados, tiendas de conveniencia, sucursales bancarias, comercios y gasolineras. Díganme entonces mis cuatro lectores si no debo estar agradecido por vivir en una ciudad y en un estado que son oasis de seguridad en medio de un ambiente inseguro. ¿A qué se debe la tranquilidad de que gozamos los coahuilenses? La debemos a la permanente coordinación entre los tres niveles de gobierno: federal, estatal y municipal, y a la buena labor de una serie de gobernadores que han encabezado las tareas tendientes a evitar que la delincuencia organizada penetre en la entidad. A ese respecto menciono a Rubén Moreira, Miguel Riquelme, y actualmente a Manolo Jiménez Salinas, quienes han hecho de la seguridad el objetivo principal de sus administraciones. En el caso de Saltillo los alcaldes José María Fraustro y ahora Javier Díaz González han apoyado esos esfuerzos, hasta el punto en que mi ciudad natal, según datos oficiales, es la capital de estado más segura de México. Reprobable falta de objetividad sería no reconocer la labor de esos gobernantes, lo mismo que la del Ejército, la Marina, la Guardia Nacional y las corporaciones policíacas locales. Hago ese reconocimiento porque yo soy el abuelo de cabeza blanca que en paz y tranquilidad celebró feliz aquel domingo el cumpleaños de uno de sus nietos. Después de ese trazo gratificador y autobiográfico daré salida a una breve sucesión de cuentecillos picarescos. Diálogo entre él y ella. Él: “Qué bien cantas”. Ella: “Y eso que tengo laringitis”. Él: “Qué bien bailas”. Ella: “Y eso que tengo pies planos”. Él: “Qué bien follas”. Ella: “Y eso que tengo herpes genital”. Don Moneto, señor de gran fortuna, quedó en la ruina a causa de una mala inversión. Llorosa, atribulada, compungida, su hija Loretela le dio la mala noticia a Bragueto, su prometido.
“¡Caramba! -exclamó el tipo-. ¡Jamás imaginé hasta dónde llegaría tu padre con tal de romper nuestra relación!”. A través de la cerradura de la puerta Pepito veía lleno de curiosidad a su papi y su mami en la recámara. Le dijo a su hermanito: “No sé qué es lo que están haciendo, pero parece que eso los divierte bastante”. FIN.