De política y cosas peores
“Conseguí trabajo en Puebla” -dijo Babalucas. Preguntó uno: “¿De qué?”. “De los Ángeles”. (Un chiste más como ése y mis cuatro lectores quedarán reducidos cuanto mucho a dos). Ignoro si el relato que en seguida narraré es realista o surrealista. Sea lo que fuere es un cuento fantástico, lo cual lo dota de realismo. No hay nada como la irrealidad para retratar la realidad. En cierta ciudad del noreste donde Pemex tenía -o tiene, ya no sé- refinería, vivían ocultos dos leones que hacía varios meses habían escapado de un circo. Una noche se encontraron casualmente. Uno se veía flaco, famélico, escuchimizado. Las costillas se le dibujaban; se le había caído la melena; ya no tenía fuerzas casi ni para caminar. El otro, en cambio, estaba rozagante, pimpante, exuberante. “¿Qué te sucede? -le preguntó el gordo al flaco-. ¿Por qué te ves así?”. “Es el hambre -respondió penosamente el macilento-. Sólo encuentro comida en los botes de basura; estoy al borde de la extenuación”. “Haz lo que yo -le aconsejó el panzudo-. Todos los días voy a la refinería de Pemex y me como un ingeniero. Ya llevo un año haciendo eso y todavía no se han dado cuenta”. La historietilla ilustra el caos y la desorganización que desde sus principios han caracterizado a esa empresa que por ser del Estado se encuentra sempiternamente en mal estado. Una falla presenta el cuento que narré: no habla de la corrupción rampante que ha privado en Pemex tanto en los sexenios priistas como en los panistas, y ahora en los morenistas. Fortunas hechas de la noche a la mañana; tráfico de influencias; concesiones obtenidas en manera ilícita; inmoralidad que a veces pretende darse baños de pureza, empeño inútil porque todos esos bienes mal habidos huelen a petróleo. Quitar a Juan para poner a Pedro no servirá de nada mientras la impunidad, uso y costumbre de la 4T, siga haciendo de la corrupción el hábito que viste al régimen. Habrá de perdonárseme la irreverencia, pero si el mismísimo Espíritu Santo viniese a dirigir ese cubil de ineficiencias y rapiñas que es Pemex, los males que agobian a la quebrada, quebrantada y resquebrajada empresa seguirían igual, y la paloma blanca, blanca paloma, se convertiría en buitre, zopilote o cuervo. Decir eso no es pesimismo: es realismo puro, como el del cuento de los leones. “El noviazgo es el sueño del amor, y el matrimonio es el despertador”. Esa frase está hecha por mitad de cinismo y decepción. Desde luego cada quién habla de la feria según le va en ella. A mí me fue muy bien. Mi noviazgo con la amada eterna fue un hermoso sueño, y otro más bello aún fue nuestra vida de 60 años juntos, vida de la que surgieron otras vidas: las de cuatro hijos, 13 nietos y un bisnieto que está a punto de llegar al mundo trayendo bajo su bracito el regalo de la felicidad. Pertinente aclaración al margen: lo que digo no pretende ser edificante, ni servir de modelo o ejemplo a nadie. Lejos de mí la temeraria idea de erigirme en dómine o predicador. Infinitas maneras hay de procesar este milagro que es la vida. Cada cabeza es una barbacoa. A lo que voy es a recordar el caso de cierto matrimonio. La joven esposa era sensual, ardiente, voluptuosa. Gustaba de los placeres de himeneo, tanto que le pedía a su marido el cumplimiento del débito conyugal dos veces al día, y en ocasiones hasta tres. Así las cosas, el pobre muchacho andaba exangüe, exinanido, exánime, con la madre en rastras, si me es permitida esa expresión plebea. Una mañana su ávida mujercita le dijo: “El próximo mes cumpliremos un año de casados. ¿Qué quieres para el aniversario?”. Con feble voz respondió él: “Llegar”. FIN.