De política y cosas peores
"Si sigue usted bebiendo se quedará sordo” -le advirtió el médico a Astatrasio Garrajarra. “Seguiré bebiendo-replicó el temulento-. Me gusta más lo que bebo que lo que oigo”. ¿Quién contribuyó en mayor medida a la victoria de Estados Unidos sobre Japón en la Segunda Guerra? Desde luego no fue el general Douglas MacArthur, hombre arrogante, ególatra, ambicioso, que procuraba siempre tener cerca micrófonos y cámaras a fin de proyectar su imagen de héroe. Tampoco fue el almirante Chester Nimitz. Modesto, sencillo, huía de los reflectores y se dedicaba calladamente a cumplir su deber. El militar que en mi opinión contribuyó más al triunfo americano sobre el imperio japonés tenía poco de militar. Sobre su uniforme vestía una bata de baño vieja y desteñida, y calzaba pantuflas igualmente gastadas. Trabajaba 16 horas diarias; dormía en un catre en su oficina; tomaba sus magros alimentos sin suspender la tarea. Ese hombre excéntrico, considerado un poco loco por sus superiores, hizo algo que condujo en buena parte al triunfo de los estadounidenses en la cruenta y prolongada guerra del Pacífico. Hablo de Joseph J. Rochefort, quien al frente de un grupo de hombre y mujeres tan extravagantes como él descifró el código JN-25b, complicado sistema de comunicación usado por los japoneses. Rochefort supo que la gran flota nipona se disponía a lanzar un fuerte ataque contra un objetivo designado en clave como AF, cuya identidad los americanos desconocían. ¿Era la costa oeste de los Estados Unidos? ¿Era Alaska? Rochefort dijo que el punto de ataque sería Midway, un pequeño atolón perdido en la inmensidad del océano, pero con valor estratégico para los americanos. De la gente de Rochefort surgió una ingeniosa estratagema. Desde Midway se envió un mensaje sin cifrar diciendo que el sistema potabilizador de agua había fallado, por lo cual faltaba el líquido en la isla. Al día siguiente se interceptó una trasmisión japonesa: “AF tiene problemas de agua”. Nimitz, entonces, dirigió a Midway los escasos recursos bélicos de que disponía después de Pearl Harbor, y sorprendió a la flota nipona, que en menos de 10 minutos fue destruida, con pérdidas irreparables en barcos, aviones y hombres. A partir de ese día, 4 de junio de 1942, el Imperio del Sol Naciente empezó a retroceder, hasta su rendición final en agosto del 45. Ahora bien; ¿a qué esta larga y desusada narración de historia bélica? Viene a cuento porque Rochefort y la mayoría de sus colaboradores eran matemáticos. Su ciencia les sirvió para descifrar el código de los japoneses. Indispensable saber es el de los números, sin los cuales el mundo no podría funcionar. Me apena decir que el ámbito de las matemáticas, tan bello y armonioso, me es por completo ajeno. Culpa fue eso de malos profesores que me imbuyeron un miedo pánico a la aritmética, el álgebra, la geometría y todas las materias relacionadas con esa asignatura. Días son éstos de exámenes finales en las escuelas del país. Ruego, suplico, imploro a los maestros de matemáticas que tengan piedad, compasión y lástima de sus alumnos de secundaria y prepa que, como yo, ven en esa disciplina un obstáculo infranqueable. No les compliquen la vida ni les estorben el cumplimiento de su vocación, que en muchos casos no tiene nada que ver con los guarismos. Tampoco sean maestros reprobadores por sistema. Ningún mérito hay en esa perniciosa especie, y sí mucha falta de calidad humana. Ai les encargo. “No dejes que tu novio se te ponga encima -le aconsejó la madre de Susiflor a su hija-. Te deshonrará”. Esa noche Susiflor le contó muy orgullosa a su mamá: “Yo me le subí a él, mami, y lo deshonré”. FIN.