De política y cosas peores
¡Qué de cosas suceden en las noches de bodas! El relato de esos sucedidos llenaría más tomos que los de la Enciclopedia Espasa (102, sin contar los apéndices). Al empezar la ocasión nupcial el novio le preguntó a su desposada: "¿Soy el primer hombre con el que haces esto?". Acotó ella: "Antes de responderte necesito saber qué es lo que vas a hacer". El notario leyó a la parentela el testamento del difunto. Riquísimo señor fue éste, y no tuvo esposa ni hijos. Así, sus primos, sobrinos, cuñados, tíos, etcétera, esperaban con ansiedad saber qué les había dejado. Dio a conocer el fedatario la voluntad del testador: "En el momento de hacer mi testamento me hallo en plena posesión de mis facultades físicas y mentales, como lo prueba el hecho de que me gasté todo mi dinero en vino, viajes y mujeres". (Los parientes se quedaron con un palmo de narices. El tío Naso con palmo y medio, pues de por sí ya era narizón). "Anoche hice el amor con Antonino, Eudelio, Irino. Ordalio y Uremio. No con todos al mismo tiempo, claro: soy una mujer decente. Un hombre después de otro". Eso le dijo Pirulina al padre Arsilio en el confesonario. "Hija mía -la amonestó paternalmente el sacerdote-. ¿Qué ganas con eso?". "Nada, padre -respondió ella-. No cobro". (Lo hacía Ars gratia artis, el arte por el arte, como proclama el lema de la Metro Goldwin Mayer. Por cierto, dicho sea de paso, el rugido del león que aparece al principio de las películas de la Metro no es rugido de león: es de tigre, pues los de león no daban el sonido que deseaban los directivos de la empresa. Los productores, entonces, grabaron un par de rugidos de tigre y los adaptaron a los movimientos de Leo, que así se llamaba el león que aparece en la pantalla. Rarezas del cine, que tantas rarezas tiene, aunque no tantas como la vida). "Pronto seremos tres" -le anunció la recién casada a su marido. "¡Amor mío!" -exclamó él lleno de emoción al tiempo que abrazaba con ternura a su mujercita y le daba un beso en la frente. Completó la muchacha: "Mi mamá viene a vivir con nosotros". (Dice un barbárico dicho con el cual no estoy de acuerdo: "Familia nomás la Sagrada, y eso en la pared colgada"). Don Ultimiano vivía los instantes finales de su vida. Con feble voz le pidió a su esposa: "Ahora que me vaya cásate otra vez". "¿Por qué?" -preguntó ella, sorprendida. Explicó el señor: "Quiero que alguien sienta mi muerte". Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, le hizo una proposición indecorosa a la guapa mujer a quien conoció en una fiesta. Ella se indignó: "¿Cómo se atreve usted a proponerme eso? ¡Soy una dama!". "Precisamente -replicó el salaz sujeto-. No se lo iba a proponer a un caballero". Don Atrilio les hizo un confidencia a sus amigos en el Bar Ahúnda: "Mi esposa y yo discutimos acerca de todos los temas: política, dinero, religión, deportes. Sólo hay una cosa sobre la cual no discutimos nunca". Preguntó uno: "¿Qué cosa es ésa?". Respondió don Atrilio: "El colchón". "No, don Languidio -le aclaró el farmacéutico al provecto señor-. Las pastillas sirven sólo para levantar el ánimo". Habitación número 210 del Motel Kamawa. Cama redonda con sábanas de seda negra y colcha de terciopelo rojo; espejo en el techo; preservativo cortesía de la casa; TV porno: jacuzzi y servicio de cocina y bar. Dulcibella le dijo a su galán: "Dale más aprisa, Libidiano. Le prometí a mi papá estar en la casa antes de las 11 de la noche". Un individuo abordó en la calle a una linda joven: "¿Me permite un segundo?". "Con todo gusto -accedió ella-. Pero primero recuérdeme cuándo le permití un primero".
FIN.