De política y cosas peores
La linda Susiflor invitó a Libidio a su departamento. Le preguntó: “¿Vemos la tele o qué?”. Contestó sin dudar el lúbrico fulano: “Mejor o qué”. Capronio es un sujeto incivil e ineducado, sin conciencia de lo que al prójimo se debe. Fue a una playa en compañía de su esposa y de su suegra. Le dijo a su mujer: “Pídele a tu mamá que sea la primera en meterse al mar”. “¿Por qué?” -preguntó con extrañeza la señora. Respondió Capronio: “Para que ahuyente a los tiburones”. Ojo clínico. Así se llama la habilidad de un médico para diagnosticar con prontitud y tino la enfermedad de su paciente. El doctor Gonzalo Valdés, inolvidable y querido médico en mi ciudad, Saltillo, poseía ese valioso don. Cierto muchacho le contó, nervioso y apenado: “Doctor: un amigo mío fue a la zona de tolerancia y contrajo un mal venéreo. ¿Qué le recomienda?”. Le respondió al punto aquel sabio galeno: “A ver: desabróchate la bragueta y enséñame a tu amigo”. Ojo clínico tenía también aquel facultativo a cuyo consultorio acudió un hombre con el cuerpo doblado hacia adelante hasta el punto en que casi tocaba el suelo con el rostro. “No puedo enderezarme, doctor” -clamó angustiado. De inmediato, con absoluta certidumbre, le dijo el médico: “Usted tiene una amante ¿verdad?”. “Sí, doctor” -se asombró el individuo. “Y su amiga es casada ¿no es cierto?”. “Así es” -admitió el tipo con creciente asombro al advertir la perspicacia del profesionista. Prosiguió éste: “Hace un rato estaba usted con ella. ¿Me equivoco?”. “No se equivoca, doctor” -reconoció el hombre, estupefacto. “Y en ese momento oyeron que venía el marido ¿no?”. “Sí que venía” -replicó el sujeto. “No tiene usted nada -le indicó el doctor-. Si no puede enderezarse es porque con la prisa de vestirse se abrochó la camisa con un botón del pantalón”. Ante tragedias como la de Venezuela, y de cara a otros desastres -inundaciones, maremotos, erupciones volcánicas-, hay quienes hablan de “la furia de la naturaleza”. Ninguna furia tiene, obvio es decirlo. Sucede que los hombres tendemos a atribuir a la naturaleza -y a la divinidad- sentimientos humanos, y así hablamos de “la ira de Dios”, de “la cólera del viento”, y de otros antropomorfismos semejantes. Esperen un poco, por favor. Voy a recuperar el aliento después de haber escrito la palabra “antropomorfismos”. La indiferencia de la naturaleza -y de los dioses- no obsta para que en México sintamos el dolor que aflige por estos días a la nación hermana, dolor tan grande como el que sufrimos los mexicanos cuando los terremotos del 85. Bien hizo nuestro gobierno al enviar un grupo de rescatistas nacionales a dar auxilio a los damnificados, y al ofrecer ayuda al pueblo venezolano, que tantas y tan graves calamidades ha padecido en los últimos tiempos. Más allá de toda política debe imponerse el humanitarismo. La solidaridad mostrada a Venezuela por numerosas naciones nos compensa del espectáculo de la maldad humana según se muestra en las guerras que hoy por hoy asolan al planeta. Y ya no digo más, porque noto que estoy entrando en cuestiones planetarias que ni conozco ni entiendo. Mejor vuelvo a lo mío. Babalucas estaba en la escuela secundaria. Le contó a un amigo: “Reprobé el examen de Música”. “¿Por qué?” -preguntó el otro. Explicó el tonto roque: “Es que no llevé acordeón”. (Otro chiste como éste y mis cuatro lectores, ya reducidos a dos por otro cuento igual, llegarán a su mínima expresión: cero). En tono imperativo, terminante, el marido le informó a su esposa: “Hoy llegaré a la casa después de las 12 de la noche”. Replicó la señora: “¿Puedo estar segura de eso?”. FIN