De política y cosas peores
Doña Panoplia, dama de buena sociedad, despidió a Ancilia, la joven y curvilinea mucama de la casa, pues holgazaneaba mucho. Le advirtió: “Y ni creas que te recomendaré con mis amigas”. “No se preocupe, señito -respondió la muchacha-. El señor ya me tiene muy recomendada con sus amigos”. Jactancio es un sujeto narcisista, vanidoso, ególatra. En charla con una bella chica le manifestó: “Pero ya hemos hablado demasiado de mí. Hablemos ahora de ti. Dime: ¿qué piensas tú de mí?”. En otra ocasión Jactancio fue con cierta damisela al Motel Kamawa, y en la habitación número 210 llevó a cabo con ella el consabido acto. Terminado el trance le dijo a su pareja: “Sé que esto fue maravilloso para ti, pero dime: ¿cómo fue para mí?”. Mentacato. No sabe que el yo, yo, el diablo lo inventó. Dulcibella le comentó a Susiflor: “Estoy buscando al hombre perfecto para casarme con él”. Acotó Susiflor: “Nunca lo encontrarás”. “Ya lo sé -admitió Dulcibella-. Pero me divierto mucho buscándolo”. Me gusta la palabra “lapislázuli” porque es esdrújula. Me gusta la palabra “esdrújula” porque es esdrújula. Hay palabras, en cambio, que no sólo me disgustan, sino que las detesto. Una de ellas es el vulgar vocablo “rajarse”. La Academia lo recoge en su diccionario a pesar de su plebeyez -la Academia está obligada a recoger de todo-, pero indebidamente omite registrarlo como vulgarismo. Define así: “Rajarse. Volverse atrás, acobardarse o desistir de algo a última hora”. ¿Por qué no me gusta ese voquible, tan usado? Porque es discriminatorio de la mujer. En efecto, indica que el hombre que se raja pierde sus atributos masculinos y asume la característica genital de la mujer, a quien por el hecho solo de su sexo se atribuye cobardía, temor, cortedad de ánimo. Decir: “Ay, Jalisco, no te rajes” equivale a decir: “Ay, Jalisco, no te hagas como mujer”. Desde luego no pensamos en eso al usar la palabra rajarse, tan usada. Declaraba con voz firme un individuo: “Soy hombre de una sola palabra: rájome”. Por todo lo anteriormente dicho no diré que los legisladores morenistas se rajaron cuando desistieron de aplicar un impuesto a la cerveza, las sopas instantáneas, las frituras y otros productos, dizque porque son altos en sodio y su consumo se debe restringir. Usaré mejor una expresiva expresión tabasqueña, y diré que se patrasearon, o sea que recularon, lo cual también se oye muy mal. Sucede que la 4T anda rasguñando dinero donde puede para seguir entregando las dádivas que otorga a su clientela electoral, y para cubrir las sistemáticas pérdidas de los barriles sin fondo que dejó López Obrador: el Tren Maya, el AIFA, Dos Bocas, Mexicana, etcétera, etcétera, etcétera. Hay quienes dicen que la economía nacional está prendida con alfileres, y que los alfileres se están cayendo uno a uno. Nada sé de economía - ¿habrá quién sepa de ese abstruso tema?- , pero sí sé que la inflación ha ido creciendo. Con ese impuesto tenemos. Al empezar la noche de las bodas la desposada le preguntó con dulce voz a su flamante maridito: “Mi vida: ¿te gustan los niños?”. El ilusionado novio pensó qua la pregunta era una linda y casta manera de sugerir la realización del acto connubial, de modo que respondió emocionado y lleno de ternura: “Sí, mi amor. Los niños me gustan mucho”. “Qué bueno -dijo entonces ella-, porque tengo dos”. La tía de Pepito fue a cenar en su casa. Para efectos del relato debo decir, a riesgo de parecer indiscreto, que la citada tía era mujer de busto abundantísimo. En el curso de la cena el papá de Pepito lo reprendió: “No me importa lo que tu tía tiene puesto sobre la mesa. Tú no pongas los codos”. FIN.