Editoriales

 
OPINIÓN

De Política y Cosas Peores

De Política y Cosas Peores

ARMANDO CAMORRA 9 sep 2026 - 07:36

Un borrachín entró haciendo eses en el panteón de la localidad. Trastabillando, sin saber en dónde estaba, fue a caer en el fondo de una tumba recién abierta. Ahí, echado sobre el suelo, se quedó dormido. La luz de la mañana lo despertó al día siguiente tras haber dormido el profundo sueño de la borrachera. Se restregó los ojos, confundido, y dijo para sí con parsimonia: “Extraña situación es ésta. Que no me invada la confusión o el pánico. Ponderemos. Una de dos: o estoy muerto o no estoy muerto. Si no estoy muerto ¿por qué me veo en esta tumba? Y si estoy muerto ¿por qué tengo tantas ganas de mear?”. Hablaré en primera persona, como hicieron Virgilio -Arma virumque cano- y Ramón López Velarde: “Yo que sólo canté de la exquisita partitura del íntimo decoro.”. Diré que soy hombre rico en preguntas y paupérrimo en respuestas. Me pregunto, entonces, acerca de la tan traída y llevada soberanía nacional. Esa palabra, “soberanía”, proviene de los vocablos latinos super omnia, que significan “sobre todas las cosas”. La soberanía es el atributo del Estado por el cual su poder se impone sobre todos los demás poderes, incluso sobre aquellos que son mayores o más fuertes que el suyo. Así, desde el estricto punto de vista del trato entre naciones, países poderosos como Estados Unidos. China o Rusia, no son superiores a otros tan pequeños como Andorra, Mónaco o el Vaticano, con los cuales -teóricamente al menos- tienen relaciones de igualdad. Pero advierto que estoy sonando a catedrático o magister, lo cual no es grato son. A lo que voy es a decir que el segundo piso de la 4T esgrime a cada paso el concepto de soberanía. Lo volea, revolea y revolotea asiduamente, por ejemplo para negar la extradición de delincuentes comprobados, pero que gozan de la amistad y protección del Jefe Máximo, el Calles de callejón cuya sombra sigue ensombreciendo el sexenio de quien lo sucedió. Se alega soberanía frente al vecino yanqui, pero ¿la tiene el Estado mexicano ante los carteles de la droga o las bandas criminales que extorsionan, secuestran y asesinan cotidianamente? Quede ahí esa pregunta, cuya respuesta incuestionable la da esa claridosa señora llamada realidad. Don Feblicio regresó de su consulta médica. Le comentó a su esposa: “El doctor me revisó de la cintura para arriba, y me prescribió media incapacidad”. Acotó, desabrida, la señora: “Si te hubiera revisado de la cintura para abajo te habría prescrito incapacidad completa”. “La locura es hereditaria -manifestó un señor-. Yo la heredé de mi hijo adolescente”. (Con razón en otro tiempo llamaban a la adolescencia “la edad de la punzada”). El visitante de la granja salió a pasear con la linda hija del granjero. En el prado cercano vieron al toro semental en el momento de cubrir a una vaca. Con insinuante acento le dijo el tipo a la muchacha: “Me gustaría hacer lo mismo”. “Está bien -autorizó la chica-. Pero tenga cuidado con el toro”. Después de 25 años de casados aquella esposa hizo del conocimiento de su marido que lo iba a abandonar. “No puede ser, Catrilia  se consternó el señor-. El venturoso día de nuestras nupcias prometiste al pie del ara que me amarías hasta la muerte”. “Es cierto -admitió ella-. Pero el promedio de vida ha subido demasiado”. El doctor revisó a la mujer, y luego le dijo aparte a su marido: “No me gusta nada el aspecto de su esposa”. El hombre se atufó: “¿Y a poco la suya está muy buena?”. En la suite nupcial donde pasarían la noche de bodas la nerviosa novia le comentó a su flamante maridito: “Me están temblando las piernas”. “Es natural -dijo él-. Al rato van a tener que separarse”. FIN.

Noticias relacionadas

EL SIGLO RECIENTES

+ Más leídas de Editoriales