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OPINIÓN

De Política y Cosas Peores

De Política y Cosas Peores

ARMANDO CAMORRA 30 sep 2026 - 07:32

Doña Cholita era una linda anciana, Menudita, sonrosada, de azules ojos y cabellos canos que peinaba siempre con un chongo al que ella daba el nombre de molote. Se ganaba la vida vendiendo gorditas a los pasajeros que llegaban a la estación del tren. Las tenía de papa, de picadillo y de frijoles, y su costo, en aquellos años, era de 20 centavos cada una. Cierto día llegó en el tren un pasajero curro. Vestía traje de casimir inglés,con chaleco; lucía reloj con leontina y se cubría con un finísimo sombrero Stetson de aquellos que se llamaban de 5 pores, porque estaban marcados con 5 equis. El pasajero llamó a doña Cholita, y por la ventana del vagón le preguntó qué vendía. Ella le dijo que gorditas, y que las traiba de papa, de picadillo y de frijoles. El señor preguntó el precio. Nosotros ya lo sabemos: 20 centavos cada una. Pero el tipo se veía muy tipo, catrín y de posibles, de modo que Cholita le respondió con la mayor desfachatez: “Cuestan a un peso cada una”. El hombre no se sorprendió; no dio señal de molestarse por lo caro del producto. Le pidió a Cholita: “Me da tres”. Ella, feliz porque con eso completaba la venta de todo el día, le puso las gorditas en un papel de estraza y se las alargó por la ventanilla. El sujeto se aplicó a comer ahí mismo en su asiento. Lo hizo muy a su sabor. Terminó, se limpió dedos y boca con el papel de estraza. Cholita, abajo, esperaba a que el cliente le pagara. Pero el comprador no daba trazas de llevarse la mano a la cartera. Y el tren empezó a andar. “Señor, págueme”. El individuo se volteó hacia otro lado. “¡Oiga! ¡Mi dinero!”. El tipo se cruzó de brazos; el tren tomó velocidad. Se quedó Cholita en medio del andén. Desde ahí, con rencoroso acento, le gritó al sujeto: “¡Ratero desgraciado! ¡Pero al cabo que te las di bien caras!”. A la 4T no le gustó que un juez hubiese decretado prisión domiciliaria para Ernesto Ruffo. Ya fuese por torpe y cruel determinación judicial o por venganza pura y simple -”pero al cabo que te las di bien caras”- los morenistas trasladaron por tierra al injustamente preso mediante un viaje que duró más de 40 horas. La Presidenta se enteró, o debió enterarse, de esa inhumanidad cometida en la persona de un hombre de edad, y que sufre quebrantos de salud. El hecho arroja una fea mancha sobre el gobierno de Sheinbaum, y presenta su régimen como carente no sólo de humanidad, sino igualmente de decencia. A los ojos de muchos, la Presidenta quedará como culpable de maldad. El baldón que con esto cae sobre su sexenio no será olvidado. Señoras y señores: les presento a Cruella de Vil Sheinbaum. El médico le indicó a su paciente, mujer de extraordinaria pechonalidad: “Señorita Tetonina: la próxima vez que le diga que tome aire deme tiempo de hacerme a un lado”. Salacio Libidez, hombre dado a inéditas sensualidades, le comentó a un compañero de trabajo: “Hoy por la noche iré a una orgia”. Así pronunció la palabra: “orgia”. El otro lo corrigió: “Querrás decir ‘orgía’”. “No - precisó Salacio-. La orgía es con mujeres”. Himenia, célibe de 39 años cumplidos repetidas veces, invitó a merendar en su casa a don Acisclo, senescente caballero de los de antes. Le ofreció un piscolabis de rompope con galletas de animalitos, y entabló una sabrosa conversación con él sobre filmes que vieron en sus respectivas juventudes, protagonizados por Greta Garbo y Douglas Fairbanks (padre). De pronto la señorita Himenia le dijo a don Acisclo: “No sabía, querido amigo, que fuese usted tan atrevido”. Respondió el educado caballero: “Yo tampoco lo sabía, señorita, hasta que se sentó usted sobre mi mano”. FIN.

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