Fracking o las trampas de la fe
Ha sorprendido (¿decepcionado?) a la izquierda mexicana y al ala más radical de Morena el viraje en las convicciones de la presidenta Sheinbaum, quien ha abierto las puertas al proceso de fracking con el objetivo de poder acceder a reservas naturales de gas natural. Con esta medida pragmática, que se pretende disimular con una narrativa de soberanía energética, la 4T estaría dando un viraje de 180 grados con uno de los dogmas con los que pavimentaron su primer piso.
El día primero de diciembre de 2018, en el Zócalo capitalino, López Obrador dio a conocer los 100 primeros compromisos de su gobierno. Al llegar al número 75, señaló: "No usaremos métodos de extracción de materias primas que afecten la naturaleza y agoten las vertientes de agua como el fracking." De igual forma, la hoy mandataria hizo un compromiso de campaña de no permitir la fracturación hidráulica por los impactos ambientales y sociales que genera.
El fracking o fracturación hidráulica es una técnica para extraer gas y petróleo de yacimientos no convencionales, situados en rocas de baja permeabilidad a gran profundidad. Consiste en perforar vertical y horizontalmente, inyectando grandes cantidades de agua, arena y químicos a alta presión para romper la roca y liberar los hidrocarburos.
Países como Francia y Bulgaria han prohibido la extracción de hidrocarburos por esta técnica, por el daño ambiental que provoca. De igual forma el estado de Nueva York también lo prohibió en el año de 2014, basado en numerosa evidencia científica que demuestra daños a la salud para las comunidades cercanas a estos procesos. Es de suponer que debido al exiguo crecimiento económico del país en los últimos siete años, la titular del Ejecutivo ha explorado la posibilidad de tomar acciones que han sido leídas como "proempresariales" por no decir "neoliberales" por los más puristas entre la feligresía morenista. Como ejemplo de esto está el llamado Plan México, la creación de polos estratégicos del bienestar, el promover la inversión de capital privado en infraestructura y sector energético y el puente que ha tendido Palacio Nacional con Larry Fink, director general del influyente fondo de inversión Blackrock.
La fracturación hidráulica fue demonizada por el obradorato, desde el sexenio de Peña Nieto, más como una postura de izquierda que por una plena convicción en favor del medio ambiente. Para muestra está la depredación de la flora y fauna de la selva del sureste mexicano con la construcción del Tren Maya y la refinería de Dos Bocas. El cambio de rumbo en este paradigma ideológico ha sido bien visto desde fuera, por inversionistas extranjeros. Respalda a la intención presidencial el hecho de que importamos el 75% de gas natural que consumimos y de concretarse esta intención se estaría incrementando la producción de gas natural de 2 mil 300 a 5 mil 871 millones de pies cúbicos diarios.
El fracking para extraer gas natural le permitió a Estados Unidos iniciar lo que se conoció como la "revolución del shale" y que convirtió a esta nación en el líder mundial en la producción de gas natural. En contraparte, cerca de 70 organizaciones ambientalistas han manifestado su abierto rechazo a esta posibilidad, entre otras cosas, porque comprometerá la disponibilidad de agua dulce para algunos estados por la alta demanda de vital líquido que ocupa este método extractivo.
La Presidenta está en una encrucijada. Continuar con su impulso pragmático y científico en búsqueda de mayor crecimiento económico y que además le daría una posición de mayor poder e independencia con respecto a su antecesor, o bien, dejarse convencer por los voceros de ideologías trasnochadas.
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