¿Doctrina Estrada…?
La reunión extraordinaria de la OEA, realizada esta semana para tratar el asunto de la dictadura en Nicaragua, cuyos co-presidentes Ortega y Murillo acaban de recetarse su permanencia cuasi eterna en la presidencia, fue ocasión para que una vez más México se abstuviera de votar, alegando la vigencia de la Doctrina Estrada consagrada en nuestra Constitución para que la aceptación o rechazo hacia el régimen de un país no se use como instrumento de presión de un país sobre otro.
Vale la pena observar la gran plasticidad con que se invoca dicha Doctrina. Si bien se alega que México no debe pronunciar su simpatía o desaprobación en relación con el régimen gobernante de un país, en realidad así no ha sido. El tema es irrelevante. La existencia de relaciones con un país ya no dependen del pronunciamiento sobre su legitimidad o ilegitimidad. Existen en lo económico, político y, desde luego, diplomático, conforme a la conveniencia del gobierno que las mantiene. México sostiene relaciones económicas, sociales y políticas con cualquier país sin importar su índole ideológica.
Si México se resiste a opinar sobre la dictadura nicaragüense, el gobierno de López Obrador y ahora el de Sheinbaum le han dado una interpretación contraria, dando protección a Evo Morales de Bolivia, defendió en su momento al golpista peruano Pedro Castillo, como también a las dictaduras venezolana de Nicolás Maduro y desde luego, defendiendo a ultranza a los sucesivos gobiernos castristas de Cuba. La abstención de México en la OEA, como un apoyo implícito al régimen sanguinario y abusivo de Nicaragua.
La existencia o validez de relaciones de un país con otro no depende sin embargo, del clásico reconocimiento o desaprobación de otro. México escoge con toda autonomía sus relaciones. Entendido lo anterior, la Doctrina Estrada ha dejado de ser el elemento que protege o respete la soberanía nacional propia o ajena.
De igual manera, la aprobación o reprobación formal de un país en la OEA no tiene sentido ya que cada uno de los países miembros guardan las relaciones internacionales de acuerdo a su conveniencia. Países que declaran ser de libre mercado tienen relaciones activas con otros que son de economía dirigida. Conversamente, países de declarada convicción de socialismo marxista, buscan en estos días activar sus intercambios comerciales con los de economía de mercado. Las nuevas realidades superan con creces las ya obsoletas distinciones. Estos son los signos de los tiempos actuales.
La urgencia económica que tienen los países rebasa consideraciones clásicas. Esta la necesidad de ofrecerle a sus pueblos las mejores condiciones para su desarrollo, lo cual, como hoy se constata, poco tiene que ver con la ideología, sino más bien con la eficacia de las políticas socio económicas, o bien responden a imperativos políticos que frecuentemente se convierten en propósitos militares.
Es curioso que el gobierno de Morena todavía se sienta comprometido con las ideologías de izquierda cuando, simultáneamente, promueve activamente la consolidación del TMEC que algunos morenistas describen a Estados Unidos como su archienemigo.
La Doctrina Estada es, pues, sólo un referente, sin ser ya una directiva incontestable de nuestras relaciones internacionales.
Malamente la OEA puede seguir siendo el brazo político de la hegemonía estadounidense en América Latina. Las razones que puedan cohesionar a los países latinoamericanos no están por ese lado, sino están en su desarrollo económico y social donde tiene que admitirse la creciente presencia de otros factores en su elaboración, como por ejemplo, la ambiciosa promoción de China en nuestro Continente.
El escenario internacional, visto así, es complejo. Sin embargo, se simplifica si por máxima prioridad están los intereses básicos de nuestras poblaciones en lo referente a alimentación, salud, medio ambiente, seguridad, empleo, que, en último término, es lo que realmente le importa a cada país.
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