El crepúsculo de la americanosfera
“Sería una tragedia que la economía mundial abierta se perdiera en una marea creciente de nacionalismo económico y rivalidad entre potencias. Sin embargo, acelerada por la COVID-19, ahora se está produciendo una reacción contra la dependencia del comercio” (Martin Wolf, 2023, La crisis del capitalismo democrático. Por qué el matrimonio entre democracia y capitalismo se está diluyendo y qué debemos hacer para solucionarlo, Ariel, México, p.306).
Por mucho tiempo se juzgó, con tino y por Angus Maddison, que la relación de Inglaterra -la cuna de la revolución industrial- con Australia, Canadá, Estados Unidos y Nueva Zelanda (sus colonias blancas) convertía a estas cuatro naciones en los “Retoños de Occidente”, por cuanto se convirtieron en beneficiarios semi tardíos de la misma revolución.
El liderazgo inglés, y la asociación del resto, constituyeron lo que James Benett bautizó como la Anglosfera; la decadencia del Reino Unido, super estimulada por el Brexit, inspiró a Emmanuel Todd para crear el término Americanosfera, sin que ello signifique, menos ahora, que Estados Unidos lidere o busque liderear al resto.
La inducción de los nacionalismos económicos, en cualquier caso, origina un agravio al comercio internacional, en proporción a la importancia internacional de la nación que la practique; cuando es la potencia económica global la que adopta este ismo, la economía mundial lo resiente. Las amenazas que enfrenta la globalización, o lo que queda de ella tras la cascada de aranceles impuestos por los Estados Unidos a casi todo el mundo (sin el casi), está originando un notable reordenamiento de la geoeconomía y de la geopolítica que coloca al sistema económico mundial en la ruta de una densa incertidumbre.
La edificación de una vigorosa economía global, con incrementos notables en volumen y calidad de los intercambios comerciales, se realizó con una notable indiferencia hacia la vida política, que es nacional. Mientras la cuenta de capital abandonaba a lo más emblemático del llamado Norte Global, para servirse de una mano de obra barata y de grandes volúmenes de todo tipo de recursos sureños, la fuerza de trabajo de los Estados Unidos contempló la pérdida de su fuente de trabajo, la emergencia del sub y el desempleo, convirtiéndose en clientela propicia para la demagogia nacionalista que crece como la espuma, sin alcanzar ningún tipo de beneficio para la clase trabajadora.
Casi se cumplen seis años de promesas trumpianas incumplidas y el próximo tres de noviembre, un día después del de muertos, habrán de realizarse los comicios de la ira, cuando -con notable tardanza- los trabajadores reaccionen frente al gobernante mentiroso. La segura derrota republicana en varios estados de aquella unión, en la Cámara de representantes y eventualmente en el Senado, será la consecuencia lógica de los destrozos nacionales e internacionales obsequiados por un subnormal que ha amplificado la guerra donde ofreció la paz, los precios donde ofreció el crecimiento del poder adquisitivo de los salarios, la desesperanza donde prometió la reindustrialización y la desigualdad donde no ofreció nada.
Quien no es predecible, tampoco es confiable. Y Donald Trump ha establecido nuevas cotas en su verborrea de innúmeras mentiras. Ha perdido toda credibilidad, incluso entre los suyos y está por conocer el precio del engaño sin fin. Seis años son muchos y, con una votación adversa, la lección quedará clara.
Por su parte, el Partido Demócrata, como bien sugiere Wolf, haría muy bien en imaginar una versión actualizada del Nuevo Trato, y recordar que su fundador lo presentó como la alianza del gobierno con la clase trabajadora. Que así sea.