El gran constructor
Lo primero que recuerdo de él, es verlo entrar al foro del auditorio Justo Sierra, tomado por vándalos desde hace años. Iba acompañado de la mítica figura de Julio Cortázar. Gonzalo Celorio, el muy querido maestro de la Facultad de Filosofía y Letras y conocedor profundo de la obra del argentino-francés, haría su presentación. Cortázar venía de un viaje por la Nicaragua que había tirado a Somoza. Leyó fragmentos, notas que después tendrían edición formal. En aquellos años "La Maga", el personaje central de Rayuela, navegaba con muchos, allí bajo el brazo, escondida, fugaz, en las páginas de la conocida edición negra de Editorial Sudamericana.
La vida universitaria, pero sobre todo la literatura, nos juntarían. Gonzalo vivía desde entonces entregado al lenguaje, al español, al que ha explotado y cuidado desde siempre. No sólo en su forma escrita, sino también oral. Gonzalo usa con gran celo cada palabra para lograr la mayor precisión posible, explorando en su muy amplia memoria, igual en Góngora o Quevedo, que en autores contemporáneos. Así empezó el desfile de su obra en mi vida, que si Amor propio o Tres lindas cubanas, o Y retiemble en sus centros la tierra, o El viaje sedentario. En sus obras el escenario es nuestro país, nuestra ciudad, la propia UNAM. El eje central es su propia biografía familiar con migraciones de Cuba, Nicaragua, Estados Unidos y, por supuesto, México. Hurgar en los recuerdos propios ajenos como el bellísimo opúsculo dedicado a Rosa Seco y Eulalio Ferrer, con el estrujante título de Un río español de sangre roja. Ofrecer su vida como material narrativo, introduce un contenido de realidad, dolorosa en ocasiones, muy dolorosa, pero que al ser narrada sacude lo más profundo de nuestro ser. Porque todo es real, porque es su vida con las heridas que ella le ha infligido y que él expone sin recovecos.
Su obra continuó creciendo con Mentideros de la memoria o Ese montón de espejos rotos, siempre de la mano de su gran editora Beatriz de Moura, recientemente fallecida, la gran editora de "TusQuets". Maestro muy popular, brillante ensayista, como lo muestra en La épica sordina, o Cánones subversivos, Gonzalo se ha dado tiempo en la vida para ser un gran promotor cultural, sobre todo dentro de la UNAM, pero también en Bellas Artes o el FCE. Para envidia de muchos, el trabajo administrativo, como la dirección de la Facultad de Filosofía Y Letras o la Coordinación de Difusión Cultural, no reñían con su producción. Y claro, los premios le empezaron a llover como el Xavier Villaurrutia, el Nacional de Ciencias y Artes, el Mazatlán de Literatura o el de Periodismo Cultural, el Premio Nacional de Novela, el Prix des Deux Océans.
Pero Gonzalo sigue caminando por la vida como el hombre afable y de buen humor, bromista, excelente barman -su especialidad que son los martinis- el embrujante conversador que acompaña sus palabras con la mirada de sus inolvidables ojos claros. Abierto a todo ha seguido escribiendo, esa es su vida, produciendo, analizando la obra de colegas y amigos, o no amigos como lo hace en Del esplendor de la Lengua española. Ocupar un sitial en la Academia de la Lengua -que hoy preside con energía- era destino obligado para el autor de El surrealismo y lo real-maravilloso americano, de mediados de los setenta, un clásico.
Pero la vida siguió como eje de su producción De la carrera de la edad, en dos volúmenes, o su homenaje en un bello opúsculo a Luis Rius, Sergio Fernández y Edmundo O`Gorman, titulado El alumno, o De la vejez. El invierno tan temido.
Lo veo recibiendo de manos del Rey Felipe VI el máximo reconocimiento en la lengua española, el Premio Cervantes y pienso, que este país estrujado, maltratado, tiene en Gonzalo Celorio un referente ético, una muestra de solvencia moral, de entrega y profesionalismo, que debe animar a los jóvenes, a los que tanto tiempo ha dedicado Gonzalo.
Porque la grandeza se construye, no es gracia divina, y él la alcanzó.