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OPINIÓN

El mundo pierde en el Medio Oriente

El mundo pierde en el Medio Oriente

JORGE ÁLVAREZ FUENTES 18 mar 2026 - 08:31

La guerra emprendida por Estados Unidos e Israel contra Irán ha entrado en la tercera semana sin visos de acabarse pronto. Ninguno está dispuesto a perder. La victoria suele eludir a todos en el Medio Oriente. Siguen los bombardeos en decenas de ciudades, la destrucción de instalaciones militares, de edificios gubernamentales y civiles, de fábricas e infraestructura petrolera, habiendo eliminado al líder supremo, sin haber provocado la caída del régimen; ni el cese de las amenazas de los programas nuclear y de misiles, ni se desarticulara el denominado eje de la resistencia.

Irán continúa lanzando oleadas de ataques con misiles balísticos, cohetes y vehículos aéreos no tripulados contra diversos objetivos civiles y militares en Israel y en contra de bases militares e intereses de Estados Unidos. Asimismo, contra las extensas e importantes instalaciones petroleras en todos los países del Golfo y aquellas empresas con capitales estadounidenses o israelíes.

Irán parece haber decidido espaciar en el tiempo sus contraataques extendiéndolos en la región, a fin de obligar a Estados Unidos, a Israel y los países árabes del Golfo a mantenerse a la defensiva y conseguir que estos no se involucren. Desafiante, el régimen de Tehran se niega a negociar. Busca desgastarlos y hacer que sus respuestas y reacciones agoten la paciencia de los ciudadanos estadounidenses, mientras las intercepciones constantes terminen por reducir con más rapidez sus arsenales.

Esta estrategia refleja una doctrina de defensa y seguridad más amplia, desarrollada en las últimas décadas para enfrentar y contrarrestar la superioridad militar de los Estados Unidos e Israel. Tras la devastadora guerra entre Irán e Irak en los años ochenta, el régimen teocrático invirtió, amplió y desarrolló innegables capacidades de planeación estratégica centrada en la concepción de una guerra asimétrica, especializada, incluso cibernética.

Centrada ésta en el uso de diversas herramientas, armas, recursos y capacidades de respuesta y resistencia que permiten desafiar a ejércitos, fuerzas aéreas y navales mucho más poderosas y letales sin contar necesariamente con una superioridad convencional en los distintos escenarios, planos y modalidades de la confrontación militar, el enfrentamiento geopolítico y geoeconómico. Irán no pretende vencer o derrotar a un enemigo más poderoso de manera contundente, sino lograr que el conflicto militar se extienda, se entrampe, se prolongue, para hacerlo pagar el más alto precio, hasta que resulte incosteable, tornándose no solo insoportable sino insostenible.

Desde el inicio, las preocupaciones ocuparon un lugar central respecto de la seguridad para las comunicaciones aéreas y la navegación que acarrearían los previsibles cierres de los espacios aéreos y de los estrechos marítimos. El control por la fuerza para cerrar o abrir el estrecho de Ormuz, ha provocado graves perjuicios y desquiciado las rutas comerciales regionales e internacionales de petróleo, gas, productos petrolíferos, fertilizantes, alimentos y manufacturas. Las repercusiones e impactos globales van más allá de las alzas en precios de los combustibles fósiles. Están afectando las cadenas energéticas y logísticas globales, para alcanzar rápidamente los mercados bursátiles.

La abatida economía de Irán también se encuentra sujeta a enormes presiones, debilitada por años de sanciones internacionales, con una inflación galopante, alzas de precios y amenazante escasez, con una enorme carga fiscal adicional derivada del aumento exponencial del gasto militar, en medio de una volatilidad cambiaria y las interrupciones de su comercio exterior, en particular con sus vecinos Afganistán y Pakistán, enfrascados en una absurda confrontación bélica bilateral. La guerra está afectando casi por completo las capacidades de suministrar y exportar petróleo, gas, manufacturas y minerales y de prestar servicios públicos. Una aguda contracción económica podría desembocar en mayores protestas populares, en disturbios y caos interno, poniendo en riesgo la estabilidad del país, pero quizás no la conducción política del país.

Las autoridades iraníes han llamado a la participación civil en la defensa y a la movilización de la población como una responsabilidad nacional. El propósito es mantener el respaldo interno, con una oposición incierta y fragmentada, que alentada desde el exterior, debe conducirse en la clandestinidad frente a un régimen con probada capacidad y voluntad para reprimir, acallar y matar.

Cuanto más se prolongue el conflicto, mayores serán los riesgos políticos para todas las partes. Las ondas de shock tanto geopolíticas como geoeconómicas, se han propagado rápidamente afectando al menos a 16 naciones.

Los países de la región -particularmente los países árabes vecinos integrantes del Consejo de Cooperación del Golfo Pérsico, en los Irán afirma haber atacado selectivamente "activos y bases de los agresores" han expresado su profunda frustración, enojo y preocupación ante la posibilidad de que una guerra prolongada derive en un conflicto aun mayor que acarree más graves e irreversibles perturbaciones económicas; mientras algunos lideres, con razón, insisten en la urgente necesidad de reanudar los esfuerzos diplomáticos que fueron saboteados.

Ciertamente, la persistencia del conflicto podría reconfigurar por completo y de manera adversa los acuerdos, alianzas y el mismo entramado de los arreglos regionales, hasta convertir a los países vecinos en adversarios después de años de una difícil vecindad problemática y conflictiva en el Golfo. La continuación de la guerra implica para Irán "ganar" en la medida en que no habrá una rendición, pero exigirá mantener un dificilísimo equilibrio entre la estrategia militar, la resiliencia económica, la conducción política, las habilidades de comunicación y negociación internacional y sortear la estabilidad interna.

Por el contrario, los desafíos para Estados Unidos e Israel podrían concentrase peligrosamente sobre todo en persistir, en reforzar y ampliar las operaciones militares que requieren de nuevos recursos para enfrentar los multimillonarios costos financieros, políticos y estratégicos -a escala global- de una guerra ilegal de destrucción y de desgaste que todas las evidencias apuntan terminará mal. No habrán acabado con el régimen, tampoco aniquilado sus capacidades nucleares y balísticas, ni nulificado su extendida influencia perturbadora a través de redes de milicias proxy.

Preocupados, traicionados y tristes llegaran por igual los musulmanes chiitas de Irán y los musulmanes sunitas del Golfo a las fiestas de Eid al-Fitr cuando se aviste la luna nueva el próximo viernes 20 o sábado 21 anunciando el fin del mes sagrado del Ramadán.

@JAlvarezFuentes

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