El poder pasa factura
El aforismo según el cual «el poder es el mejor afrodisíaco» se le atribuye a Henry Kissinger, el influyente secretario de Estado de Richard Nixon. El Premio Nobel de la Paz que se le concedió en 1973 fue tan polémico, que dos de los cinco miembros del Comité Noruego renunciaron. Las protestas alrededor del mundo por su papel en la guerra de Vietnam, los bombardeos en Camboya y el derrocamiento del presidente de Chile, Salvador Allende, orquestado por la CIA, forzaron su inasistencia a la ceremonia de recepción.
El poder transforma, ciertamente, pero el político español Juan Barranco advierte: «corrompe solo a los corruptos, hace golfos a los que son golfos e inmorales a los que ya lo eran antes». En la política prevalece hoy la imagen, el espectáculo; la inteligencia fue hace mucho tiempo relegada. Cuando un político de medio pelo escala a la cima, lo primero que cambia es su figura: si está excedido de kilos, adelgaza; si le falta pelo, se lo implanta; si el problema es de estilo, contrata a un asesor.
Conocí a César Duarte en la Cámara de Diputados, cuando era líder del Congreso. La segunda y última vez que le vi fue en Frontera, Coahuila. El PRI lo postuló después para la gubernatura de Chihuahua, bajo el padrinazgo de Manlio Fabio Beltrones. Duarte venció sin dificultad al candidato panista Carlos Borruel. El cambio empezó a partir de ese momento. Perdió peso, adquirió un brillo que antes no tenía y empezó a vestir trajes de marca. El afrodisíaco probaba su eficacia: lo volvió atractivo. El 14 de agosto de 2015, antes de aterrizar en uno de sus múltiples ranchos, su helicóptero se desplomó. Le acompañaban su esposa Bertha Gómez y la periodista Lolita Ayala. Ninguno sufrió heridas mayores.
Para entonces ya era un hombre rico, demasiado rico. Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad (MCCI) destapó en 2016 uno de los mayores escándalos de corrupción política: el desvío de 650 millones de pesos -de siete estados- para financiar campañas electorales del PRI a través de empresas fantasma. En la Operación Safiro, como es conocida, participaron hombres cercanos al presidente Enrique Peña Nieto, como el secretario de Hacienda, Luis Videgaray. La trama la dirigieron Duarte y el presidente del PRI, Manlio Fabio Beltrones. El tema lo abordan Arturo Ángel, Manu Ureste y Zedryk Raziel en El caso viuda negra, donde relatan el asesinato de Isaac Gamboa -colaborador de Videgaray- y su familia, en un barrido de testigos, y la corrupción en el sexenio de Peña.
Duarte intentó imponer a Enrique Serrano como sucesor, pero el panista Javier Corral lo derrotó. Entonces empezó la cuesta abajo. Acusado de delitos de corrupción, Duarte huyó a Estados Unidos, de donde se le extraditó en 2021. Después de varios años entre rejas, su aliada Maru Campos, convertida ya en gobernadora, le abrió las puertas de la prisión con el mismo desparpajo con que permitió operaciones de la CIA en su territorio. El exgobernador fue recapturado en diciembre de 2025 y enviado al penal del Altiplano, donde Campos no puede salvarlo.
El 15 de abril, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) detuvo por segunda vez en lo que va del año a la esposa de Duarte, Bertha Gómez, en El Paso, Texas, a petición del Departamento de Seguridad Nacional. La expresidenta del DIF de Chihuahua es investigada por presuntos desvíos de recursos durante la gestión de su marido. Un juez del Tribunal Superior de Justicia del Distrito de Morelos dictó una orden de aprehensión en su contra en 2020 -cuando Corral todavía ocupaba la gubernatura-, pero un juzgado federal de Ciudad de México le concedió un amparo. No es la primera esposa de un exgobernador en ser acusada de desvíos millonarios, pero sí la primera en ser detenida.