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OPINIÓN

El pudor de Mussolini

El pudor de Mussolini

JESÚS SILVA-HERZOG 13 jul 2026 - 07:42

La historia del deporte es también una historia de sus trampas. Muchos habrán contado la creatividad de sus estafas. Intoxicar al rival, usar sustancias para aumentar la resistencia física, sobornar al equipo contrario para dejarse ganar, alterar el equipo deportivo para hacerlo más veloz, comprar árbitros. Suele recordarse el Mundial de Italia en 1934 como el ejemplo más claro de la intervención ilegal del aparato del estado para promover el resultado querido por el régimen fascista.

La sede del mundial fue producto de un soborno a la FIFA que ya, desde entonces, era una multinacional de la corrupción. Muchos cronistas coinciden en ello. No había que escatimar ningún recurso para demostrarle al mundo el nacimiento de la nueva raza italiana. Para reforzar el equipo, el gobierno italiano nacionalizó velozmente a los mejores futbolistas sudamericanos rompiendo todas las reglas de la época. El fascismo daba vida a un hombre más sano, más fuerte, más valiente y el futbol sería el espacio ideal para mostrarlo. El resultado de los partidos no podía dejarse a las veleidades de los árbitros. Se cuenta que antes de los últimos partidos del torneo, Mussolini cenó con el árbitro para que el silbato reconociera la superioridad física de los italianos. Los goles de los adversarios eran anulados, mientras se validaban las anotaciones italianas. La violencia de los locales en la cancha no era castigada. Los jugadores de Checoslovaquia enfrentaron una presión psicológica brutal antes del partido de la final. Su vestuario estaba rodeado por miembros de las camisas negras. Mussolini no solamente amenazó al adversario. También intimidó a los suyos para decirles que del partido dependía su vida misma. Se cuenta que al técnico le dijo “Que Dios lo ayude si llega a fracasar hoy”.

Cuando los checos anotaron el primer gol del partido apenas pudieron celebrar. Más que fiesta, quedaron helados de miedo por las consecuencias que tendría su victoria. Se cuenta que el equipo de inmediato se encogió para recibir, con alivio, los dos goles que le darían la victoria a Mussolini. El dictador daba rienda suelta a la violencia de los suyos. En la cancha y afuera de la cancha había licencia para patear. Como muestra la novela de Scurati, el miedo era el gran pegamento del fascismo. Para Mussolini y todo su aparato de propaganda era necesario exhibir constantemente la violencia. Al mismo tiempo, la corrupción de los árbitros debía mantenerse en secreto. Conocemos de los encuentros de Mussolini con los árbitros por rumores, no porque él mismo haya hecho públicas estas reuniones. La victoria deportiva debía ser presentada como la prueba irrefutable de una superioridad biológica. El equipo nacional como un ejército disciplinado, agresivo y eficaz que aplasta al enemigo. Por eso mismo la corrupción de los jueces debía ocultarse.

En la actitud de Mussolini podría detectarse cierto pudor ante su propia corrupción. Jamás dijo: anoche cené con el árbitro del partido y me aseguró que nos va a tratar muy bien. Nunca declaró públicamente que había hablado con los directivos de la FIFA para convencerlos de romper sus reglas y aceptar jugadores que no deberían incorporarse a la selección italiana. Admitir la corrupción sería deshonrar la causa fascista. Hoy somos testigos de una corrupción que se presume a los cuatro vientos. El nuevo despotismo no esconde, no oculta, no niega su podredumbre moral. La intervención de Trump en el mundial de futbol no es el caso más grave, pero sí uno de los más grotescos. El presidente de Estados Unidos presiona para que la FIFA rompa sus reglas y celebra públicamente que su voluntad se impone sobre las normas del deporte. Lo importante aquí es que no hablamos de un rumor sino de una confesión pública. Pedí que cambiaran una decisión porque la regla me parece injusta y me hicieron caso. El telefonazo de la extorsión es revelado abiertamente y el éxito de la corrupción agradecido directamente por el presidente Trump. Los aduladores celebraron, por supuesto, el efecto de la corrupción. La de Mussolini fue la era de la intimidación, la de Trump es la era del descaro moral. Todo, absolutamente todo, está a la venta.

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