En la cuerda floja
Para María y Carlos, entrañables hermanos míos, en sus primeros 50 años de un sólido y apreciado amor.
El caso mexicano resulta emblemático de un proceso de abandono de la política industrial, para abrazar al libre comercio como ruta cierta al desarrollo, bajo el supuesto (cuándo no) consistente en esperar que un instrumento de integración norteamericana -de seguridad, comercial, de inversión y “verde”- y la consecuente industrialización de las exportaciones desde el país, que no mexicanas, colocaría a México ni más ni menos que en el primer mundo. En mentes extremadamente calenturientas (Sidney Weintraub o Luis Rubio), la integración nos haría le merced suplementaria de democratizarnos, con el daño colateral de infectarnos del contagioso consumismo, al menos en la perspectiva del primero.
El caso realmente significativo es que, al tiempo que un considerable número de organismos internacionales contemplan a la economía mexicana muy metida en el callejón sin salida de un endeudamiento dominantemente improductivo, la alegría de las cuentas oficiales parece de carnaval. Los ingresos son menores que los gastos y éstos no resuelven las carencias que mayor malestar con la 4T generan, especialmente en los desolados espacios de la salud, la educación, el empleo, la vivienda y la estructuralmente inquietante seguridad.
El Plan México, columna vertebral del Plan Nacional de Desarrollo, está colmado de magníficos propósitos y despojado de los medios para alcanzarlos. Como buena parte de los proyectos gubernamentales, no ha sido objeto de debate ni consulta y, en él, se supone (otra vez) que el interés privado y el público son una y la misma cosa, lo que solo pasa en… China.
La indiferencia de las y los milmillonarios frente a los urgentes y cuantiosos montos de inversión requeridos para el crecimiento (el desarrollo se encontraría muchos peldaños arriba), solo se interrumpe cuando -cada vez con mayor frecuencia- se invoca una improbable reforma fiscal o cuando, como lo hace con frecuencia Arturo Huerta, se propone la recuperación de la institución perdida (no autónoma) para el desarrollo, que es el Banco de México.
La magnitud, verdaderamente bíblica, de los requerimientos de inversión debe hacer convergentes y no adversarias a ambas medidas: gravar herencias y riqueza, además de incrementar con ganas el ISR, son medidas compatibles con hacer de Banxico un motor financiero del desarrollo, y no un patrocinador de la especulación, además de fortalecer a la banca de desarrollo y convertirla en banca de primer piso.
Ya rebasamos el primer tercio del sexenio y el panorama no es para echar cuetes. Perder el grado de inversión por la magnitud y por el uso de la deuda, entre otras cosas, puede metamorfosear al artificialmente construido super peso en remedo del miserable trozo de papel de los años ochenta del siglo pasado. Es el momento de poner manos a la obra, con una sólida política de empleo y salarios dignos, de regulación de los márgenes de intermediación financiera y de un convincente gasto público.