Fulano y Zutano
Cuando un personaje carece de nombre, cuando la narración exige que permanezca en la penumbra de lo anónimo, recurrimos a un sustituto. No es un apodo, porque el apodo fija una identidad, aunque sea mínima; es, más bien, un nombre vacío, un recipiente que puede contener a cualquiera. Así aparece Fulano, el primero de los innombrados, el representante de todos los que no merecen o no requieren identificación.
Si Fulano no está solo, si necesita un compañero igualmente despojado de rostro, entonces surge Zutano. Y si la escena exige todavía más comparsas en la procesión de los sin nombre, se convoca a Mangano -en España le llaman Mengano- y finalmente a Perengano, que cierra la lista como un eco de los anteriores.
El origen de estos nombres es dudoso, como corresponde a quienes nacieron para designar lo incierto. Se han propuesto explicaciones diversas, pero ninguna logra disipar la bruma que los rodea. Fulano, el más antiguo y difundido, proviene del árabe fulán, que significa "persona cualquiera". Su apellido, De tal, refuerza la paradoja, se le reconoce como si fuera alguien familiar, pero se le niega toda identidad. De la lengua árabe pasó al castellano y de ahí se expandió por toda Hispanoamérica, convirtiéndose en el comodín de los anónimos.
Zutano, en cambio, proviene del romaní. La palabra Scitanus significa "sabido", y acaso por esa vía se incorporó a la nómina de los innombrados. Mangano -o Mengano, como se dice en España- viene también del árabe, man-kan, y equivale a "quien sea", y cumple la función de tercer acompañante en esta comedia de sombras. El orden varía según el país, en México citamos primero a Fulano, luego a Zutano y después a Mangano, mientras en España la secuencia suele ser distinta.
Perengano, el último de la serie, es el más misterioso. No se conoce con certeza su origen, aunque algunos suponen que proviene de la fusión entre el apellido Pérez -tan común que roza lo genérico- y la terminación compartida por los demás. Sea como sea, Perengano completa el desfile de los ilustres desconocidos, como si la lengua necesitara cuatro pilares para sostener la arquitectura de lo anónimo.
Estos nombres, aunque ficticios, se comportan como cualquier sustantivo, admiten diminutivos, como zutanito, o formas femeninas, como fulana. En este último caso, la palabra se carga de connotaciones poco santas, y deja de ser un simple anonimato para insinuar una reputación dudosa.
La lengua, sin embargo, no se conforma con estos cuatro. En España se acuñó la expresión Perico de los Palotes, que designa a alguien irrelevante, casi ridículo. Perico es un hipocorístico de Pedro, nombre común en la península y en América. Los palotes, en la Edad Media, eran las baquetas con que el ayudante del pregonero tocaba el tambor para llamar la atención del pueblo antes de los anuncios reales. Ese muchacho, secundario y un poco bobo, quedó inmortalizado como Perico de los Palotes, símbolo de la insignificancia.
Otro personaje de esta galería es Juan de las Cuerdas. También él representa a un desconocido, alguien cuya presencia no merece ser registrada con nombre propio. Se le invoca cuando se quiere señalar a un inexperto, a un ignorante, o simplemente a un individuo irrelevante en el ámbito político o laboral. Decir que un cargo lo ocupa Juan de las Cuerdas equivale a declarar que no importa quién lo ejerza, porque su función es tan menor que puede recaer en cualquiera.
Todos estos nombres -Fulano, Zutano, Mangano, Perengano, Perico de los Palotes y Juan de las Cuerdas- forman una amplia gama de anonimatos. Son máscaras verbales que nos permiten hablar de alguien sin hablar de nadie, designar sin identificar, señalar sin comprometer. La lengua los ha inventado para recordarnos que la identidad no siempre es necesaria, que a veces basta con un hueco, con una silueta vacía, para que la narración avance.
En ellos se condensa la ironía de lo humano, necesitamos nombrar incluso a los que no tienen nombre, necesitamos inventar figuras para encarnar la ausencia. Fulano y sus compañeros son los guardianes de esa paradoja. No existen, pero nos acompañan en cada conversación; no tienen historia, pero forman parte de la nuestra. Son, en definitiva, los personajes más universales, porque representan a cualquiera y a nadie al mismo tiempo.