Impunes, pero soberanos
George Orwell explicó en sus Notas sobre el nacionalismo cómo la lealtad a un grupo político puede imponerse sobre cualquier principio. Quien cae en esa lógica deja de juzgar una conducta por lo que se hizo y empieza a juzgarla por quién lo hizo. Condena los abusos del adversario y justifica los mismos abusos cuando los cometen los suyos. Eso ayuda a entender cómo Sheinbaum y Morena han pervertido el concepto de soberanía. Confunden deliberadamente al partido con México para presentar las acusaciones contra sus políticos como ataques contra el país. Así, encubrir al compañero se convierte en patriotismo y exigirle cuentas, en traición.
Las fiestas patrias sirvieron como ensayo de esa operación rumbo a 2027. Entre vivas y discursos sobre independencia, el gobierno dejó ver su apuesta electoral, convertir la defensa de sus impresentables en una obligación patriótica y presentar a quienes exigen investigarlos como aliados de intereses extranjeros. La soberanía quedó reducida a instrumento de campaña y contraseña de impunidad.
Las decenas de políticos de Morena con visas revocadas, cuentas congeladas o investigaciones abiertas en Estados Unidos ilustran esa maniobra, aunque sus casos sean distintos. Una cancelación de visa no equivale a una sentencia, pero tampoco se responde con el himno nacional. Las acusaciones contra Rocha y lo exhibido por Marina en sus audios filtrados merecen esclarecimiento. En el caso de Andy, Sheinbaum invocó la ausencia de investigaciones de la FGR mientras denunciaba injerencia. Qué conveniente presentar la inacción de instituciones capturadas como certificado de buena conducta.
Los cercanos al obradorismo reciben protección política; la falta de consecuencias se exhibe como prueba de inocencia; cuando una autoridad extranjera los señala, el problema pasa a ser la autoridad extranjera. López Obrador convirtió la lealtad personal en credencial de honorabilidad. Sheinbaum administra esa herencia y pretende que confundamos la defensa de la República con el servicio de protección a los intocables de su mentor político.
El mecanismo ya alcanzó las reglas electorales. Morena y sus aliados aprobaron en el Congreso una reforma constitucional para incorporar la supuesta injerencia extranjera como causal de nulidad. La vaguedad de conceptos como propaganda, desinformación e intervención abre preguntas peligrosas. ¿Una investigación publicada fuera de México podrá presentarse como un ataque electoral? ¿Una acusación contra un candidato servirá para victimizarlo y cuestionar el resultado? Esa ambigüedad deja al poder un margen alarmante para intentar convertir sus escándalos en argumentos contra una derrota.
Ahora agregan la iniciativa para impedir que quienes tengan otra nacionalidad compitan por la Presidencia, una gubernatura o la Jefatura de Gobierno sin renunciar a ella. Entre desaparecidos, extorsiones y servicios públicos destrozados, decidieron encontrar al enemigo en un segundo pasaporte. La ocurrencia incluso incomoda a sus propios cuadros. Qué patriotismo tan selectivo el de quienes sospechan de un mexicano por su nacionalidad adicional mientras exigen cerrar filas alrededor de políticos señalados por nexos criminales.
Rumbo a 2027, la trampa será obligarnos a escoger entre Morena y una supuesta traición a la patria. Quieren que discutir los vínculos entre políticos y criminales resulte antipatriótico. Que el ciudadano se avergüence de exigir investigaciones y termine defendiendo a quienes deberían rendir cuentas. El partido de los mañosos pretende cobrar en votos el miedo a que se conozcan sus nexos inconfesables. Pero la soberanía también se pierde cuando un cártel decide quién puede competir, quién puede trabajar y quién debe pagar para seguir vivo. Un gobierno que tolera ese poder permite que otros manden sobre los mexicanos. Gritar que México no es colonia de nadie sirve de poco si hay comunidades sometidas a criminales y autoridades incapaces de enfrentarlos o dispuestas a protegerlos.
La advertencia de Orwell cobra sentido cuando la gravedad de un abuso depende del partido al que pertenece quien lo comete. Morena pretende convertir esa doble moral en deber patriótico. La decisión real es si aceptamos un gobierno que escuda a los señalados por vínculos criminales o exigimos que se investigue hasta las últimas consecuencias. Oponerse a un narcogobierno es defender a México. Ni López Obrador es la patria, ni Sheinbaum es la nación. Lo que buscan es que sus intocables sigan siendo impunes, pero soberanos.