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Asesinos Seriales

José Ortiz Muñoz: ¿Quién fue 'El Sapo', el asesino serial más prolífico originario de Durango?

El frío despertar de su sadismo infantil, la impunidad en Lecumberri y el giro fatal que selló su trágico final penal.

Foto: Heremoteca La Prensa

RICARDO HERNANDEZ 21 jul 2026 - 21:58

Hay monstruos verdaderos que no se ocultan en la sombra, sino que caminan entre nosotros nutriéndose del dolor ajeno. Nacido en el estado de Durango, José Ortiz Muñoz, alias “El Sapo”, convirtió la vida humana en una mera cifra de carnicería. Detrás de sus ojos fríos habitaba una mente siniestra germinada en suelo duranguense, un depredador voraz cuya historia sobrepasa los relatos más oscuros del terror.

Un monstruo, desde los inicios de su vida

Su idilio con la muerte comenzó en su infancia duranguense. Siendo un niño de nueve años, degolló a un compañero de clase con un compás escolar, revelando una absoluta ausencia de empatía. Aquel ataque inicial no fue un exabrupto, sino el preludio de una psicopatía clínica que se refinaría con los años. Ortiz Muñoz descubrió muy pronto que segar vidas era su verdadera vocación.

Su voracidad encontró amparo institucional al enlistarse en el Ejército Mexicano. Convertido en matón de poderosos caciques, perfeccionó la ejecución sumaria y la represión violenta. Durante la masacre de sinarquistas en León, Guanajuato, en 1946, “El Sapo” disparó contra la multitud con goce sádico. Para él, el uniforme militar no implicaba patria ni disciplina, sino una conveniente licencia para masacrar sin castigo alguno.

Entre más sádico, más era feliz

Utilizando machetes, navajas y armas de fuego, sumó más de 135 víctimas. Criminológicamente, Ortiz Muñoz encajaba en la figura del asesino serial impulsivo y sociópata: destruía a sus objetivos sin enfriamiento ni remordimiento. Mataba por encargo, por dinero o simplemente por disputas insignificantes que su mente alterada interpretaba como ofensas mortales, extendiendo un rastro de cadáveres a su paso.

Sus fechorías no duraron para siempre

Su sangrienta libertad concluyó al ser acorralado en la Comarca Lagunera tras cometer un homicidio en Torreón. Su arresto en 1941 puso fin a su impunidad exterior, pero fue trasladado a la infame penitenciaría de Lecumberri, el "Palacio Negro". En ese tenebroso recinto capitalino, el criminal de origen duranguense no tardó en imponer su autoridad mediante la violencia más primitiva.

Dentro del presidio, “El Sapo” continuó cobrando vidas entre los reclusos. Clavó estocadas mortales a rivales que intentaron desafiarlo, consolidando un mito macabro que estremecía a la población carcelaria. Las galerías sombrías de Lecumberri se convirtieron en su coto privado, donde la oscuridad de los pasillos atestiguó cómo el homicida duranguense incrementaba su lista de ejecuciones impunemente tras las rejas.

Busco darle un giro positivo a su vida, pero...

Años después ocurrió un giro insólito en su historia. Bajo la guía del sacerdote Roberto Salazar, el desalmado homicida experimentó una aparente conversión religiosa, pidiendo perdón por su devastadora estela de sangre. Sin embargo, el estigma de sus crímenes lo persiguió cuando fue trasladado a la colonia penal de las Islas Marías, un presidio aislado rodeado por las aguas del Océano Pacífico.

El destino final de Ortiz Muñoz llegó en 1960 mediante una sangrienta venganza. Un grupo de reclusos lo emboscó y lo descuartizó a machetazos, terminando con el asesino en un charco de su propia sangre. Así concluyó la existencia del depredador más prolífico nacido en Durango, dejando un expediente espeluznante que demuestra cómo la realidad supera cualquier ficción de terror.

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