La batalla impostergable
La muerte de la cabeza de la organización criminal más poderosa de México deja constancia de la determinación de la presidenta Sheinbaum de poner fin a los apapachos que su antecesor ofrecía a los criminales. En la demagogia del populista, los criminales eran víctimas de un modelo económico. Los narcotraficantes, los secuestradores, los sicarios eran buenos mexicanos que no tuvieron más remedio que delinquir. En el momento en que el país ofreciera oportunidades y tuviera un gobierno limpio, los sufridos delincuentes cambiarían las armas por empleos dignos. La fórmula de "atender las causas" era el mantra de la renuncia, si no es que de la complicidad. El cobijo de esos abrazos entregó el país a los despiadados.
Merece reconocimiento la decisión de distanciarse de esa parte de la siniestra herencia del patriarca. La presidenta sigue cargando con buena parte del paquete ruinoso de López Obrador, pero en esta área el deslinde es evidente. No es necesario escuchar una declaración formal de la presidenta que declare el fin de la permisividad. En los hechos, y desde el primer momento de su gobierno se ha percibido la confrontación. Hay datos que demuestran la profundidad del cambio emprendido en esta administración. Se multiplican las capturas, los decomisos, los enfrentamientos. El gobierno no deja de presumir una disminución sustancial de homicidios que, ciertamente, algunos organismos independientes y observadores ponen en duda. Lo que resulta imposible ignorar es que el gobierno federal de hoy enfrenta el problema que el gobierno de ayer desatendía.