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LETRAS DURANGUEÑAS

La poesía narrativa de Juan Rulfo

La poesía narrativa de Juan Rulfo

ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA 20 sep 2026 - 14:38

No hace tanto llegó a nuestro país una nueva edición del libro “El Llano en llamas”, del célebre Juan Rulfo, dentro de la prestigiada colección Letras Hispánicas del sello de Cátedra.

Será una buena oportunidad –otra más, qué bien- para releer el clásico mexicano, una de las obras que mejor nos representa en el mundo de las letras.

Se trata, como sabemos, de una colección de diecisiete cuentos, algunos considerados como verdaderas obras maestras. Los relatos se ambientan en el medio rural y se integran con las más modernas técnicas narrativas, puesto que el jalisciense, por ejemplo, era un conocedor apasionado de la novela norteamericana –Faulkner, Dos Passos…-, entre tantas otras.

Estas historias, pues, nos llevan a pueblos y rancherías en donde los personajes se ven inmersos en situaciones de soledad y abandono (“Nos han dado la tierra”), de rencores irremediables (“La Cuesta de las Comadres”, “El hombre”, “¡Diles que no me maten!) sin que falte el buen humor de la anécdota contada (“El día del derrumbe” y “Anacleto Morones”). No obstante debo decir que mis preferidos, si hay que escoger dos, son “Luvina” y “La herencia de Matilde Arcángel”.

La belleza poética es propia de la índole y sustancia del autor. Del primero recordemos: “de modo que la tierra de por allí es blanca y brillante como si estuviera rociada siempre por el rocío del amanecer”; “Usted verá eso: aquellos cerros apagados como si estuvieran muertos”; “Allá afuera seguía oyéndose el batallar del río. El rumor del aire. Los niños jugando. Parecía aún temprano, en la noche”.

Es la historia de un profesar que va junto a su esposa y sus tres niños a dar clases en Luvina. Pero nadie los recibe. La mujer busca techo y comida, sin encontrar nada. Se acompaña del niño menor y ya no regresa.

El maestro y sus otros dos hijos la buscan y más tarde la encuentran en la iglesita, rezando, dentro de un jacalón también abandonado, lleno de murciélagos. Y el lector enseguida halla también esta perla magnífica, tan citada en toda clase de estudios y conferencias sobre el tema: “Poco antes del amanecer se calmó el viento. Después regresó.

Pero hubo un momento en esa madrugada en que todo se quedó tranquilo, como si el cielo se hubiera juntado con la tierra, aplastando los ruidos con su peso…Se oía la respiración de los niños ya descansada. Oía el resuello de mi mujer ahí a mi lado:

-¿Qué es? -me dijo.

-¿Qué es qué? -le pregunté.

-Eso, el ruido ese.

-Es el silencio. Duérmete. Descansa, aunque sea un poquito, que ya va a amanecer.”

“La herencia de Matilde Arcángel» le va a la par al anterior. Y si se me permite la frase festiva, este relato todavía es más perfecto. Junto a la novela «Pedro Páramo” (1955), que con toda justicia le ha dado a Rulfo su lugar entre los más grandes escritores de todos los tiempos, y al cuento de los Euremios, grande y chico, habría que agregar también aquel fragmento titulado “Un pedazo de noche” como la excelencia de este gran autor (texto que pudo haber sido incluido en este conjunto).

Al menos así lo considera quien esto escribe. El segundo relato que nos ocupa ahora aborda varios temas: el amor fracasado, el instinto maternal, la venganza entre padre e hijo (los llamados Eremites), sin olvidar el enfrentamiento entre un grupo de desarrapados –así los nombran- y el gobierno.

Y hasta donde recuerdo de la narrativa rulfiana (y tengo presente a Susana San Juan) aquí también se halla el retrato más bello de una muchacha, Matilde Arcángel, por supuesto: “Pero el día menos pensado, y sin que nos diéramos cuenta de qué modo, se convirtió en mujer. Le brotó una mirada de semisueño que escarbaba clavándose dentro de uno como un clavo que cuesta trabajo desclavar. Y luego se le reventó la boca como si se la hubieran desflorado a besos. Se puso bonita la muchacha, lo que sea de cada quien”.

Sin embargo, hay en el libro otro protagonista espléndidamente expresivo: México, en su lenguaje, costumbres y ser profundo. Lugar de arraigo y huida, de tragedia y celebración, de infiernos mucho más que de glorias.

Con este tan marcado tratamiento musical de la palabra, la narrativa se vuelve alta recreación artística, de talla universal, como ya se dijo. Y es que con Rulfo nunca alcanzan los elogios.

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