La seguridad de Israel no puede resultar de la destrucción del Líbano
Los últimos esfuerzos emprendidos por el gobierno del primer ministro Nawaf Salam tienen como objetivo central preservar la frágil estabilidad del Estado libanés, salvaguardar el diálogo nacional y evitar una mayor escalada. Tras la reciente llamada telefónica entre el presidente Joseph Aoun y el Secretario de Estado Marco Rubio, las autoridades libanesas confirmaron que Hezbolá había aceptado la propuesta estadounidense para alcanzar un cese de los ataques mutuos. Ha trascendido que el acuerdo propuesto se centra en que se detengan los ataques israelíes contra los suburbios del sur de Beirut a cambio de que Hezbolá deje de lanzar nuevos ataques contra Israel. Se contempla que el alto el fuego se amplie para cubrir todo el territorio libanés. Recordemos que la incursión militar terrestre por parte de Israel en el Líbano, la más profunda en 26 años, ocurre en medio de la parálisis de las negociaciones que pretenden poner fin a la guerra entre Estados Unidos e Irán.
A su vez, el presidente Donald Trump sostuvo una llamada telefónica con la embajadora del Líbano en Estados Unidos, Nada Mouawad, a quien informó haber conseguido la aprobación del primer ministro Benjamin Netanyahu al acuerdo propuesto. La embajadora transmitió directamente el resultado de las conversaciones al primer ministro Salam y al presidente Aoun, quienes lo comunicaron a los partidos políticos con representación en el Parlamento libanés, mientras el diálogo con Hezbolá continúa. Las nuevas conversaciones bilaterales, auspiciadas por Estados Unidos, tendrán lugar los días 2 y 3 de junio en las que se discutirán los últimos avances, buscando construir sobre la base de las negociaciones previas.
El Líbano no debe convertirse, de manera inexorable, en el otro frente de guerra en el conflicto regional. Ante las órdenes de evacuación por parte de las autoridades militares israelíes a poblaciones enteras del sur del Líbano, dadas las repetidas violaciones del alto el fuego acordado el 16 de abril y la extensión de las zonas de combate al valle de la Bekaa y al norte del rio Litani, debe evitarse cruzar el umbral funesto de otra ocupación militar israelí permanente.
La seguridad de Israel no puede construirse sobre la ocupación ilegal y la desaparición progresiva del sur del Líbano, sobre las poblaciones que se han vaciado por el poder de la fuerza, sobre los más de 3 mil 412 muertos y las decenas de miles de heridos y de familias desplazadas, sobre los pueblos cuyo acceso permanece prohibido, sobre casas, edificios, puentes y negocios destruidos, sobre carreteras cortadas, sobre tierras agrícolas inhabitables.
Una guerra no destruye solamente vidas, también destruye esperanzas, esfuerzos y memorias. Destruye las aspiraciones y sueños de hombres y mujeres, haciendo estallar las piedras, los árboles, las aguas de los ríos que arraigan a los habitantes a sus tierras, desterrándolos y privándolos de su identidad e historia milenarias. Acaba con vidas, comunidades, cementerios, iglesias, mezquitas, escuelas, olivos, colinas, casas y edificaciones donde por generaciones han aprendido a vivir y a sostenerse juntas. Tampoco debe consumarse la destrucción del patrimonio histórico que amenaza los vestigios de la maravillosa antigua ciudad fenicia de Tiro.
El Líbano es un país de equilibrios extremadamente frágiles, de numerosas heridas y de múltiples identidades; de diversas formas de coexistencia confesional siempre difíciles. Un país donde cada comunidad, cada pueblo sobrelleva una parte de la memoria colectiva fincada en la tenaz sobrevivencia, donde los montes, cañadas, valles, bosques y montañas dicen muchísimo de las distintas formas de ejercer una fe, de vivir en familia, de defender una lengua, de persistir con un sentido único de pertenencia a la humanidad.
Por ello la actual escalada es tan peligrosa. No amenaza sólo la paz, amenaza la posibilidad misma de la sobrevivencia, de la recuperación, del retorno. Porque cuando los pueblos se vacían, cuando las infraestructuras se destruyen, cuando el miedo se instala, cuando hay éxodos forzosos, cuando las fronteras se convierten en cicatrices abiertas, ya no solo se trata de nuevos avances militares: es la desposesión. Por eso la lógica perversa de otra ocupación debe ser rechazada.
Sin duda que es urgente y necesario el desarme de Hezbolá. Se requiere la plena soberanía del Estado libanés sobre su territorio y la preeminencia de las instituciones de gobierno. Resulta fundamental el apoyo y el fortalecimiento del ejército libanés, tarea nada fácil ni una cuestión sencilla. Sin embargo, también es necesario que Israel cese los bombardeos incesantes, las incursiones, las ocupaciones de facto y los desplazamientos forzados de cientos de poblaciones civiles. Aceptar las infracciones al derecho internacional humanitario no es una opción. El alto el fuego no puede seguir siendo una pausa táctica antes de la próxima ofensiva, es una obligación, una responsabilidad, una línea roja que debe mantenerse.
Los Estados Unidos, los países europeos, los países de la región y todos los países que albergan la extraordinaria diáspora libanesa, junto con el respaldo del Consejo de Seguridad de la ONU deben impedir que el sur del Líbano se convierta en una zona asolada por la muerte, en un espacio deshabitado, sin memoria presente. Desde la franja de Gaza al sur del Líbano, no podemos eludir de la siguiente pregunta: ¿Estamos dispuestos a aceptar que las guerras redibujen los mapas y borren de la faz de la tierra a los pueblos?
El Líbano vivirá y sobrevivirá. Ninguna paz podrá construirse sin que los pueblos libanés, israelí y palestino hagan suyo el derecho inalienable de habitar sus territorios, de ejercer sus respectivos lugares en la historia.