Las dos presidentas
¿Cuál de las dos es la verdadera Claudia Sheinbaum? La presidenta taimada, que avanza lenta pero certeramente en la conquista del poder, tomando los puestos clave y sacando los clavos que le dejó el expresidente López Obrador en el SAT, la UIF, la coordinación del Senado de la República y el partido. O, la que no se entera de nada, le mienten en la cara y hasta una gobernadora se da el lujo de no contestarle la llamada.
¿A cuál le creemos?, a la que promueve la inversión, la que es capaz de reconsiderar una de sus convicciones de ecologista -el rechazo tajante al fracking- porque entiende que hay razones de Estado; la que mátalas callando abre a Pemex y a la CFE a la inversión privada más que Peña Nieto. O, la gobernante controladora que amenaza con usar al fisco a quien venda gasolina más cara de lo que ella estipuló; la que frena un proyecto de inversión público-privado, las llamadas inversiones mixtas, porque en el Excell el retorno de inversión salió tres décimas por encima de lo que ella había estipulado.
Cuál de las dos es Claudia, la que abraza las causas sociales y va a España a defender la democracia progresista, o la que captura al INE por completo sin voltear a ver a la oposición, porque para eso somos mayoría. La líder que ve al futuro o la restauradora del sistema de partido de Estado del siglo pasado, donde el instituto político es un apéndice más de la estructura gubernamental. La autodesignada hija del 68 defensora de los derechos humanos, o la admiradora de Fidel y de lavdictadura cubana capaz de denostar el informe del alto comisionado de la ONU para Derechos Humanos sobre desaparición en México porque el Estado es ella.
A quién le hacemos caso, a los agoreros de la presidenta, escritores ágiles en el arte de halagar al poder en turno, que la pintan como la gran estratega, la mujer calculadora, la de cabeza fría, la mejor presidenta de la historia y la más popular. O, a los críticos y haters, plumas agrias que no la bajan de marioneta de López Obrador, de una energúmena que maltrata a sus colaboradores, a la que, sin embargo, nadie le hace caso.
Me temo que algunas de las cosas buenas y de las peores son verdad, y que la mayoría de las loas y las críticas no son sino vulgares exageraciones. Que, como le sucede a la mayoría de los presidentes, la maldita realidad ha obligado a Claudia Sheinbaum a guardar los principios en un cajón para enfrentar problemas que no suelen tener mucho que ver ideologías. Que, como todos los presidentes que le han antecedido en el cargo, su única obsesión es el poder, que, como todos ellos, irá envileciendo, perdiendo popularidad y que la verdadera Claudia se parecerá cada día menos a la imagen que construyan unos y otros.