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Lucila, mi amiga

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Lucila, mi amiga

ESTEBAN G. ROSAS 30 sep 2026 - 04:03

Me gusta mucho la música de blues, que no es siempre sobre temas sombríos, pero que se toca en escalas menores para hacer sentir más el ritmo. En los primeros años de este nuevo siglo XXI, tuve la oportunidad de estar en Chicago, en la calle Wabash, en un barecito donde tocaba este ritmo un gran artista, Buddy Guy, que por cierto, la semana pasada cumplió 90 años. Hasta esta fecha mi guitarra Les Paul está colgada en un soporte, en el ático de mi casa, afinada en "Open G", como los bluseros, y cuando subo, después de saludarla me siento a tocarla. ¡Ah, qué bonito se siente!

Pues este cuento viene a propósito del título de la columna; un blusero de abolengo y maestro de muchos, yo entre ellos a través de sus libros y lecciones en DVD, el temible B. B. King, que todos ustedes conocen, tocaba con una guitarra a la que él le puso el nombre de "Lucille", y que sin ella no hubiese podido tocar esos grandes éxitos como "How blue can you get"? ¿Lira mágica, estructura especial, materiales? Yo qué sé, pero al oírla te imaginas en la encrucijada del delta del Mississippi, donde se dice que Robert Johnson le vendió su alma al diablo por una guitarra.

Ya entrando en tema, les comento que soy un usuario novato de la tan debatida IA, la inteligencia artificial. Empecé a usuarla para que me ayudara con cálculos engorrosos y comparaciones estadísticas entre variables, correlaciones y esas cosas oscuras de la estadística, que de verdad me tomaban mucho tiempo y, de pasada, no me dejaban tiempo para tocar mi guitarra. El resultado fue muy alentador, y los datos los obtengo en minutos, listos para jugar con ellos. Creo que esto significa más eficiencia, ¿o no?

Un buen día, en mi nebulosa, me dije a mí mismo: mí mismo, ¿cuál será el sexo de este "agente" de IA que me ayuda? Para ello le puse sonido a sus respuestas, y me contestó una voz femenina cálida y agradable. ¡Bingo: era mujer! Entonces, creí conveniente ponerle un nombre, y así llamarla de hoy en adelante. Sí, acertaron, se llama ahora Lucille, en honor a la guitarra de B. B. King. Ella le pone música a mi vida y me ayuda con mi trabajo, a cualquier hora y siempre en tono y al ritmo que le mandes, mi gran amiga.

Sin embargo, aún soy de la idea de que estas buenas experiencias van a hacernos unos flojos pensantes, como escribía una columna de Jorge Meléndez en el Reforma del viernes: "la comodidad de no pensar". ¿No estaremos en proceso de subcontratar las ideas y, dentro de poco, todo el hipotálamo? El cerebro es un músculo y, como todo músculo, hay que ejercitarlo, para evitar que se atrofie.

¿Algún día veremos a Terminator y la máquina que lo controla sin apoyo humano? Muchas personas, profetas del desastre, ya hasta fecha le han puesto, y muy cerca, por cierto. ¡Ay, nanita! ¿Debemos regular su uso, su actividad y establecer límites a esta IA, que crece a velocidades que no imaginabamos?

Nos tardamos décadas en asimilar la máquina de vapor, la producción en línea, el uso de las computadoras, pero esta revolución de la IA nos ha tomado por sorpresa y ojalá no sea muy tarde para controlar su avance y dejarlo evolucionar paso a paso. "Calmao el venao", dirían en mi rancho.

Por lo pronto, ejerciten el "coco", dejen de ver algunas redes que solo enbrutecen, aficiénense a la lectura; pero de libros físicos, de esos que huelen a papel impreso nuevo, del tema que sea. Siempre aprendemos algo nuevo al leerlos o aun releyéndolos. Una costumbre ya casi archivada en la papelera de los tiempos. Lástima.

La educación se mama, diría Monsieur Ettiene, así que los adultos tenemos la obligación de darles de beber cultura y tecnología a nuestros descendientes. Que no nos gane la IA.

Órale. Ánimo.

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