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LETRAS DURANGUEÑAS

Manuel de los amaneceres

Manuel de los amaneceres

ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA 30 ago 2026 - 16:35

Manuel de los amaneceres. Era lo que más le gustaba del día, porque la luz volvía a inventar todos los alrededores. La mano de Dios giraba despacito la rueda de la creación de todas las cosas. Un prodigioso despertar. El instante que se mueve en un péndulo de luz, incansable.

Había que juntar las yeguas esa temporada, cortarles las crines y herrar a los potrillos. Necesitaban un par de vaqueros más, cuando menos. Y llevar más gente al rancho no dejaba de ser peligroso. Le dieron vueltas al asunto y acordaron contratar a Chente Ayala, un conocido de Tenchita, desde que el aventurero pretendía a su hija. «Es un güen muchacho, algo voladito, eso sí, pero de que sabe, sabe», decía ella.

No era suficiente, pero de mucho les serviría, ya que nadie quería trabajar en Ventanas, el lugar maldecido por el Güero de la Garza y donde se suponía que tarde o temprano ocurriría una tragedia de sangre.

Por eso nadie se acercaba a sus linderos. La vieja camioneta de Mingo Sariñana una vez que recogía la lista de las compras se retiraba rápidamente. Cuando pasaban esas cosas, Manuel se ponía de mal humor y al Siete le provocaba una reacción más simple: «¡Que se vayan a la chingada!».

Cada vez había más animales en el agostadero. Y los pastos y los aguajes no daban para tanto. Sesenta y tres de ganado caballar –a los vaqueros les gustaba ver en las praderas el vuelo brillante de los alazanes, bayos y tordillos ? , sin contar los animales de la casa y otro medio centenar de vacas. «O le cortamos al número o le cortamos».

No les agradaba el tal Chente Ayala, pero era lo que había. Con las crianzas en el corral de Tenchita también había que tener más control. El agua era la medida de todas las cosas. Y no olvidaban llevar a la mujer para que revisara los ojos de yeguas, vacas y chivas: sólo ella sabía si estaban preñadas o no, mucho antes de otras señales más visibles. «¿Y cómo está tan segura?», le preguntó un día Manuel. «Es una cosa que me enseñó mi madre, patrón. Hay una lucecita…¿cómo le diré? Amarillita, ándele, como un solecito medio prendidito, medio apagadito, tristón… Yo vide así a mis tres nietos antes de que nacieran, por vida de Dios».

El caso es que a Tenchita muy rara vez le fallaba. Y así, temprano, podían atender de mejor manera a los animales en ese estado y lograr bien sus crías. «Ora lo verá. Lo voy a enseñar un día de estos, pa que usté luego las valore solo», le dijo al final.

Por lo mismo, no se podían quejar demasiado. Tenían trabajo y ganaban bien, con todo y los pobres abrevaderos de los malos tiempos. Con frecuencia decían que llevaban una vida saludable, sus restricciones aparte.

Y si alguno se enfermaba acudían a los hospitales de Peñón Blanco. Manuel los llevaba en el tractor. No habían tenido grandes problemas, aunque siempre estaban pendientes de la gente que por error o no se acercara a sus tierras. En los diciembres de cada año, le daban entrada a la camioneta que se llevaba el ganado a buen precio. Tenchita lo repetía con cierta frecuencia y sinceridad: «Nunca me había ido tan bien. De a tiro no le jerré en venirme pacá». Vivían una prisión al aire libre.

Ahora, con la ayuda del nuevo vaquero, podían asegurar el sostenimiento de la propiedad por más años. ¿Cuántos? «Los que nos dé el cielo, si Dios es servido», decía Tenchita.

(Fragmento de la novela “Entre nogales y huizaches”, obra que se presentará el próximo 12 de septiembre, a las 12 del día, en la plaza de San Juan del Río, Durango).

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