Mirador
Jean Cusset, ateo con excepción de la primera vez que vio sonreír a su hijo, dio un nuevo sorbo a su martini -con dos aceitunas, como siempre- y continuó:
-Yo amo las oraciones que aprendí de mi abuela y de mi madre: el dulce Angelus que pintó Millet y el angustioso clamor esperanzado de la Salve Regina medieval. Amo el Credo tridentino, tan majestuoso y tan rotundo. Y amo las ingenuas oraciones que salían de boca de mi vieja nana campesina, asustada por las cosas que no entendía, y más asustada aún por las que conseguía entender: "Enemigos veo venir. Sangre de mis venas quieren. Yo no se las quiero dar. ¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar!".
-Amo esas oraciones -siguió diciendo Jean Cusset- porque las aprendí de gentes que creían y en las que creo yo. De vez en cuando las recito, y me saben a gloria. Las digo de pronto, sin qué ni para qué; sólo porque son bellas. Las repito en el amanecer; al ir en mi coche por el campo y ver la majestad de una montaña... Y a veces las digo hasta en un templo, porque incluso en un templo se puede orar.
Así dijo Jean Cusset con suave sonrisa que unos dicen puso en su rostro la sabiduría, pero que él atribuye a un martini bien preparado.
¡Hasta mañana!.....