Mirador
El viajero hace el camino de Guadalajara a Colima.
Llega a Magdalena, cuyos cerros prodigan con prodigalidad piedras a las que llaman sin razón “semipreciosas”, pues son preciosas y medio: malaquitas, ónices, lapislázulis, granates.
La buena fortuna del viajero lo lleva a “La Luoita”. Ahí se come como en el paraíso, si es que en el paraíso se come. Ha disfrutado el viajero un jocoque -allá dicen “jocoqui”- como el que hacía su abuela doña Liberata en jarrito de barro con leche sin hervir que dejaba toda la noche junto a las brasas del fogón.
Luego el viajero prosigue su camino, y no sabe qué agradecer más a Magdalena, si sus preciosísimas piedras semipreciosas o el jocoque de “La Lupita”, que le trajo a la mente y el corazón el recuerdo de su amorosa abuela, mamá Lata.
Por sí o por no -más bien por sí- el viajero agradece tanto las malaquitas, los ónices, los lapislázulis y los granates como el jocoque. Es justo y necesario.
¡Hasta mañana!...