Morena y el PRI
Fue como en los tiempos del viejo PRI. Este 3 de mayo 1,800 militantes de Morena se reunieron en el World Trade Center de la Ciudad de México para el octavo Congreso Nacional Extraordinario del partido. El propósito era elegir a una nueva líder nacional después de que Luisa María Alcalde dejó el cargo a petición de la presidenta Sheinbaum. La izquierda en nuestro país siempre ha sido rijosa y dividida, pero en esta ocasión la votación fue unánime: ninguno de los congresistas votó por otro candidato.
Esta unanimidad ratifica que la izquierda mexicana ha dejado atrás sus constantes luchas internas para asumir una disciplina reminiscente del PRI del siglo XX. Para empezar, el partido obedece las órdenes de la presidenta de la república, aunque Alcalde haya querido pretender que estaba considerando si aceptaba o no la oferta presidencial de ser consejera jurídica. La mandataria, además, ha enviado a una de sus colaboradoras más cercanas, Ariadna Montiel, secretaria del Bienestar, a manejar el partido de gobierno.
Las órdenes de detención de Estados Unidos contra el gobernador con licencia Rubén Rocha Moya y otros nueve políticos de Morena de Sinaloa son el principal reto hoy para el partido. Aunque el gobierno trate de menospreciar la fundamentación de las acusaciones, el daño político puede ser muy importante. Ya le será difícil a la 4T usar la figura de Genaro García Luna para atacar a la oposición. La etiqueta de “narcogobierno” se adhiere cada vez más a la 4T.
Yo me pregunto si los miembros del gobierno y su partido no se dan cuenta de lo mucho que se parecen ya al PRI del siglo XX. La concentración de poder es la característica más distintiva de los dos regímenes. También la estructura piramidal en la que nadie se atreve a cuestionar las decisiones de la cúpula. La destrucción de los contrapesos del poder, como los organismos autónomos, la CNDH, el INE, el Tribunal Electoral o el poder judicial independiente, ha sido el camino para regresar a los tiempos de la dictadura perfecta.
Pero hay una diferencia. En 1934 el general Lázaro Cárdenas del Río fue electo con el 98 por ciento de los votos oficiales; su Partido Nacional Revolucionario (PNR), predecesor del PRI, obtuvo 173 de 173 diputados y 58 de 58 senadores. En 1970 Luis Echeverría recibió 84 por ciento de los sufragios oficiales; al partido oficial, ya conocido como PRI, se le asignaron 83.6 por ciento de los diputados, 178 de 213, y 60 de los 60 senadores. José López Portillo ganó la elección de 1976 con el 100 por ciento de los votos válidos, una vez que la autoridad electoral anuló el 6.5 por ciento de los sufragios que favorecieron a los candidatos no registra- dos, principalmente Valentín Campa del Partido Comunista; al final el PRI se quedó con 63 de 64 senadores y 195 de 237 diputados, y con la certeza de que México no era una democracia.
El predominio de Morena es distinto. En 2024 solo obtuvo 41 por ciento de los votos; aun con sus socios del PVEM y el PT, el total de la alianza fue de 55 por ciento. La mayoría calificada de 73 por ciento se la regalaron el INE y el Tribunal Electoral. Esta artificial mayoría le ha permitido al gobierno hacer lo que ha querido en el Congreso, pero no tiene que haber un cambio demasiado importante en los votos para que la pierda.
Por lo pronto, los morenistas se comportan ya como los priistas del siglo XX. Se dicen los únicos representantes del pueblo, abusan del poder, se enriquecen y descalifican a quien piensa diferente. Hoy, además, cargan con esa presunta complicidad con el narco que se manifiesta en las acusaciones de Estados Unidos.
REACCIÓN
El gobierno mexicano no ha mostrado intención de detener a Rubén Rocha o a los otros nueve políticos de Sinaloa acusados de narcotráfico por Estados Unidos. ¿Cuál será la reacción de Trump? ¿Simplemente se cruzará de brazos?
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