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Nicaragua oficializa su dictadura ante el silencio del mundo

El reporte Oppenheimer

ANDR?S OPPENHEIMER 28 jul 2026 - 04:03

 L A noticia de que el dictador de Nicaragua Daniel Ortega dijo en un discurso que "aquí no volverá a haber elecciones" generó titulares en todo el mudo, pero no debería haber extrañado a nadie. Si hay algo asombroso, es la hipocresía política de muchos países ante las atrocidades del régimen nicaragüense.

De hecho, lo que dijo Ortega el 19 de julio equivale a la cancelación formal de las elecciones presidenciales del 2027.

Pero a juzgar por el desdén hacia la democracia que mostró Ortega cuando lo entrevisté en Managua en 2018, y por todo lo que hizo después, nada justifica el silencio y la inacción de la comunidad internacional ante lo que ocurre en ese país.

Lo cierto es que Ortega lleva casi 20 años en el poder, y ha sido denunciado como uno de los mayores violadores de derechos humanos del continente.

La represión de su régimen contra las protestas pacíficas en 2018 dejó más de 300 muertos y unos 2,000 heridos, según las Naciones Unidas. Desde entonces, Ortega clausuró miles de organizaciones cívicas, cerró medios independientes, expulsó del país a casi 400 presos políticos y le quitó la ciudadanía a cerca de 500 líderes políticos y religiosos.

Sin embargo, por increíble que parezca, algunos países como México se mantienen en silencio o apoyan abiertamente al régimen.

Apenas tres días antes de que Ortega anunciara que no habrá más elecciones, el embajador de México en Nicaragua le envió una carta llena de elogios a él y a su esposa, la vicepresidenta Rosario Murillo, según revelaron medios mexicanos.

El embajador mexicano, Guillermo Zamora Viña, expresó en esa carta su "cariño y admiración por nuestro hermano Gobierno de la República de Nicaragua que está muy bien representado por ustedes". Al momento de escribir estas líneas, el Gobierno de México no se ha desmarcado de esas declaraciones.

Estados Unidos, aunque debe ser felicitado por haber denunciado repetidamente a la dictadura nicaragüense, también actúa con cierta hipocresía política al no aplicar medidas más duras contra Nicaragua.

El Gobierno de Trump condenó los dichos de Ortega y el secretario de Estado Marco Rubio dijo en sus redes sociales que "el Gobierno de Trump y la comunidad internacional no se quedarán de brazos cruzados". Pocas semanas antes, Trump había impuesto restricciones de visas a unos 100 funcionarios nicaragüenses y a sus familiares.

Sin embargo, Trump no ha impuesto sanciones comerciales drásticas contra Nicaragua como lo hizo contra Venezuela o Cuba. A pesar de los pedidos de muchos opositores nicaragüenses, Washington no ha suspendido a Nicaragua del Tratado de Libre Comercio CAFTA-DR con países de Centroamérica y la República Dominicana.

Lo más probable es que Trump tema que, si impone sanciones duras, la economía del país colapse y se desate una ola de inmigrantes ilegales. O quizás simplemente no le presta atención a Nicaragua porque no es un gran productor de drogas.

Los países centroamericanos tampoco han suspendido a Nicaragua del Sistema de Integración Centroamericana, ni de la Secretaría de Integración Turística Centroamericana.

Cuando entrevisté a Ortega tras la ola represiva que dejó cientos de muertos en 2018 y le pregunté si su gobierno no era responsable, me respondió con un cinismo total que muchas de esas muertes eran "inventadas", a pesar de que los grupos de derechos humanos ya habían publicado las listas con nombres de todos los fallecidos.

Acto seguido, cuando le pregunté si no le molestaba que lo llamaran "dictador", se encogió de hombros y me dijo - palabras más, palabras menos -que no le importaba en absoluto.

Óscar Arias, el expresidente de Costa Rica y Premio Nobel de la Paz, me dijo hace pocos días que a él tampoco le asombró "en absoluto" que Ortega diga que no permitirá más elecciones.

"Para mí, estos últimos 19 años no son ninguna sorpresa", me dijo Arias. "Daniel Ortega está contento como está, porque él es el dictador perfecto: no le tiene miedo ni al aislamiento ni a ejercer la represión".

Arias agregó que Ortega es el tirano clásico de la literatura latinoamericana, retratado en libros como "Yo el Supremo" de Augusto Roa Bastos, "El Otoño del Patriarca" de García Marquez o "La Fiesta del Chivo" de Mario Vargas Llosa. "Cualquiera de estos libros retrata muy bien al Daniel Ortega de hoy", me señaló.

La gran pregunta no es qué va a hacer Ortega sobre las próximas elecciones, porque él ya dejó sus cartas sobre la mesa. La verdadera pregunta es qué está esperando el resto del mundo para dejar de mirar hacia otro lado.

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