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OPINIÓN

Paz, piedad, perdón y la herencia liberal

Paz, piedad, perdón y la herencia liberal

RAUDEL ÁVILA 6 may 2026 - 07:39

En estos días se libra en nuestro país otro episodio de esa aburrida contienda que los teóricos de nuestro tiempo llaman "la guerra cultural". La considero aburrida porque me parece materia más propia de coloquios académicos que de la política real, una actividad que se construye (¿debería construirse?) a partir de exigencias materiales concretas. Que si Hernán Cortés, que si la Malinche, que si la conquista o la civilización, temas todos ellos de hace cinco siglos o más. Que si los mexicanos somos tanto por ciento más españoles o indígenas, que si el mestizaje o los pueblos originarios. Cuando los mexicanos necesitamos más urgentemente de la inversión española por la parálisis económica que ocasionó el obradorismo, el gobierno federal insiste en pelear con figuras del otro lado del Atlántico. Mientras tanto, hay un gobernador mexicano emanado de Morena acusado de narcotraficante y experimentamos una tensión sin precedente en la relación bilateral México-Estados Unidos pocos días antes de la revisión del TMEC.

Amigos cercanos me han preguntado muchas veces cómo puedo seguir considerándome liberal en la era del eclipse del liberalismo. Es muy simple, desdeño por incapaces de complejizar la realidad los relatos simplistas de la izquierda y la derecha. Pero más importante que mi arrogancia personal, encuentro peligrosísimo el maldito "juego" de la polarización. Lo pongo entre comillas porque me sigue pareciendo propio de la inmadurez adolescente de izquierdistas y derechistas. Juegan a cambiar la historia derribando estatuas de las figuras que no les gustan. Para ellos, el recurso de la polarización que ocasionó violentísimas guerras civiles y genocidios en el siglo XX es un "juego" y una herramienta política tan legítima como cualquier otra.

En mis años universitarios, tuve la inmensa fortuna de llegar de la provincia norteña a la capital del país y recibir una educación pública de excelencia en El Colegio de México. Ahí conocí al profesor Rafael Segovia, hijo de exiliados y exiliado él mismo de la guerra civil española. Segovia, discípulo y admirador devoto de Raymond Aron, me enseñó a ver la política con una mirada pragmática y creo, con una perspectiva histórica más amplia.

Aparte de Raymond Aron, hay otra herencia intelectual inolvidable que me dejó el profesor Segovia. Herencia valiosísima a la que regreso una y otra vez: la lectura de los diarios y discursos de Manuel Azaña, Presidente de la Segunda República Española. Cada vez que observo la reactivación de la guerra cultural en torno a la huella española en México, pienso en el discurso más conmovedor de Azaña. Se llama Paz, piedad, perdón. Pronunciado el 18 de julio de 1938 como una invitación a la reconciliación de los españoles en medio de la guerra civil española, y como una solicitud de mediación internacional a las potencias extranjeras, se trata de una de las mejores piezas oratorias en la historia de España. El discurso llegó demasiado tarde. Desde luego, Azaña fracasó en su llamado a disminuir la polarización, pero su descripción del problema de azuzar el odio fratricida entre familias del mismo país es tan precisa como para erizar la piel. La causa de la guerra, el encono de ambos bandos viene de "un dogma que excluye de la nacionalidad a todos los que no lo profesan, sea un dogma religioso, político o económico, al que opone la verdadera base de la nacionalidad y del sentimiento patriótico: que todos somos hijos del mismo sol y tributarios del mismo arroyo". Azaña, un liberal muy de su época, entendió que, como él mismo dijo, los liberales "combatimos por la libertad de todos, incluso la de nuestros adversarios". No sueño con otro Azaña, creo que la voluntad y el corazón de la mayoría de los mexicanos piensan y sienten como él. No les interesa si Cortés fue un santo o un demonio, quieren simplemente vivir sin miedo a la inseguridad y que sus hijos aseguren mejores oportunidades económicas que ellos. Ojalá que alguien en la oposición se diera cuenta de eso…

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