Perder el tiempo
El voto contrata la atención del representante. Al ser electo un gobernante se compromete a dedicar su tiempo a las labores del gobierno. El encargo electoral tiene tal relevancia que no consiente distracciones. Se trata de un compromiso de atención sostenida que no puede abandonarse sin causa grave que lo justifique. Las aficiones, los hábitos, los gustos han de pasar a un segundo plano. Por eso resulta tan irritante que un legislador decida de pronto separarse de su comisión parlamentaria para hacer dinero en un espectáculo televisivo. Indigna que se prefiera el circo al parlamento cuando hubo un juramento de atención. Por eso preocupa también que la presidenta dilapide ese recurso que en el fondo es público y se dedique, en medio de múltiples crisis, a elaboración de una propuesta sin foco y sin futuro.
¿Cuánto tiempo ha desperdiciado la presidenta en concretar una mala propuesta de reforma decretada muerta antes de haber sido presentada? En el momento en que la presidenta debe tener concentración de alfiler para encarar las provocaciones y amenazas que vienen de la Casa Blanca, la presidenta revisa y revisa las múltiples versiones de una iniciativa destinada al basurero. ¿Cuánta concentración se ha perdido en el ir y venir de las propuestas? ¿Cuánto tiempo en reuniones y negociaciones que, como se veía desde el principio, desembocarían en un fiasco?