Querer creer
Hay una fórmula curiosa que se escucha con alguna frecuencia. Se oye en la plática familiar y también en los debates públicos. "Quiero creer que se arreglará la fuga de agua." "Quiero creer que la presidenta combatirá a los corruptos dentro de su partido." En ambos casos, lo que escuchamos es la confesión de un anhelo de autoengaño. Quien quiere creer no cree en realidad. pero desea creer. No encuentra buenas razones para pensar que la fuga de agua se arreglará por sí sola. Lo más lógico sería que, si no llega el plomero, la fuga continuará hasta vaciar el tinaco. Quien dice que quiere creer que la presidenta hará lo correcto advierte que, en ausencia de argumentos, apela a una fe. Pero, más que una fe, lo que encontramos en esa expresión es una voluntad de fe. Trampa doble: creencia sin prueba, fe sin convicción. El empeño que revela este enchufe de palabras es simplemente absurdo: el crédito que se da a una idea, a una leyenda, a un dios no es foco que se prende a voluntad. Por más que quisiera creer en un dios, no lo conseguiría. Fracasaría igualmente el creyente que se propusiera negar su fe. Se cree o no. Querer creer es desear el engaño.
Abandonar la inercia del autoengaño fue la convocatoria del primer ministro de Canadá. El discurso que tanto se ha comentado en los últimos días tiene antecedentes notables. En un correo electrónico, Raudel Ávila, buen conocedor de asuntos internacionales y columnista en diversos medios, me presentó una serie de reflexiones valiosas que formaron el juicio de Mark Carney. Ciertamente en Gran Bretaña y en Canadá particularmente ha habido un debate intenso y profundo sobre el rumbo que han de tomar las "potencias intermedias" ante el nuevo desorden mundial. Particularmente interesante fue la conferencia que el laborista David Miliband pronunció en honor a Isaiah Berlin en noviembre del año pasado sobre los desafíos de la política exterior británica. La notable pieza oratoria del mandatario canadiense tradujo esa reflexión colectiva en diagnóstico, estrategia y convocatoria. Su alusión al marchante de Havel, ese hombre que, bajo el totalitarismo, sentía el deber de proclamar las consignas del régimen para no ser fastidiado, fue una invitación a "vivir en la verdad" a terminar el pacto de simulación del que el mundo extrajo algunas ventajas a costo de simular un convencimiento.