¿Quién merece votar?
En Estados Unidos ha resurgido un debate que muchos creíamos superado desde hace bastante tiempo;voces minoritarias, pero cada vez con más exposición mediática, proponen el llamado “voto por hogar” mediante el cual un solo miembro decidiría por toda la familia y algunos incluso sugieren eliminar el sufragio femenino; aunque son temas impulsados por sectores ultraconservadores, que han saltado a la opinión pública recientemente, no son propuestas legislativas serias ni mayoritarias.
Sería muy fácil descartar estas ideas como una rareza extranjera; sin embargo, la historia nos recuerda que la tentación de excluir a alguien de las urnas es tan antigua como el voto mismo. Durante el sigloXIX imperó el voto censitario, es decir, solo votaba quien poseía propiedades o cierta riqueza, después llegaron los requisitos de alfabetización, las pruebas cívicas y las cuotas electorales, casi siempre diseñados para dejar fuera a los pobres, a las minorías ya los recién llegados. Cada restricción se presentó, en su momento, como una defensa razonable de la calidad del voto.
La idea de restringir el sufragio tampoco pertenece exclusivamente a los extremos políticos, por ejemplo, pensadores serios lo han sostenido, John Stuart Mill, uno de los grandes liberales del siglo XIX, propuso que los más educados tuvieran más de un sufragio, esto para proteger a la sociedad de las decisiones de las mayorías menos preparadas. O incluso el filósofo Jason Brennan defiende la epistocracia (el gobierno de quienes saben) y sugiere condicionar el voto a un examen de competencia política. El razonamiento es muy difícil de ignorar, ya que un votante desinformado puede causar un daño colectivo, y no faltan estudios que muestran cuán poco sabemos sobre aquello que decidimos. Sin embargo, quienes rechazan estas propuestas advierten un problema de fondo: toda barrera necesita un guardián, y ningún guardián ha resultado neutral. La prueba de alfabetización ciudadana parecía técnica, hasta que se convirtió en herramienta para negar el voto a comunidades enteras.
Estos debates no son ajenos a nuestro país, también aquí hubo quienes consideraban que la ciudadanía debía ganarse y no reconocerse por igual; aunque parece lejano, las mujeres votaron en elecciones federales apenas en 1953, y durante buena parte del siglo XIX la ciudadanía plena estuvo condicionada por la propiedad o la instrucción. Lo que hoy damos por sentado fue, en su momento, materia de debates.
La pregunta de fondo no es si el voto de los desinformados va contra la democracia, ni si una mayoría puede equivocarse, ya que ambas cosas ocurren. La pregunta verdadera es más incómoda y complicada: ¿quién tiene la autoridad para decidir quién merece votar?. Tal vez el sufragio universal no sea el sistema más sabio, si no el más honesto, porque el verdadero riesgo para una democracia quizá no seaque todos podamos equivocarnos, sino creer que alguien tiene el derecho dedecidir quién puede participar y quién no.
¿Quién estaría dispuesto a asumir ese poder? Y, sobre todo, ¿por qué habríamos de confiar en él?
X: @omarortegasoria