Regreso a los orígenes
La globalización no es una novedad. Hay otros niveles de análisis, que se olvidan. La humanidad ha vivido un ir y venir de movimientos universalizadores, que siempre entran en tensión con las culturas locales, las costumbres, los prejuicios, pero que, lentamente, han logrado establecer parámetros a los que todo ser humano debe acceder. Esas batallas han liberado al ser humano, permitiendo el avance de un ánimo universal.
Varios de los grandes pensadores de la Grecia antigua, creían que la esclavitud era válida. Pero también fueron Sócrates, Platón y Aristóteles a la cabeza, los que lograron labrar valores universales como la libertad de pensamiento, los equilibrios en la política, la república. Emperadores los hubo “buenos y malos”, así los consigna la historia. Dando tumbos, pero es innegable que el humanitarismo, la calidad en el trato entre seres humanos, ha avanzado en los principios y poniendo a las normas como eje. Retrocesos ha habido y muy graves: la Edad Media o la triste degradación de la Revolución Francesa. Cuando Hegel vió cabalgar a Napoleón por Jena, quedó horrorizado de su ánimo destructivo de cualquier tipo de individualidad nacional. De ahí la reacción de algunos movimientos románticos del siglo XIX. Pero también están los períodos de brillo y avance, como el Renacimiento o la aparición de las primeras democracias, la inglesa, la de Estados Unidos, impulsadas por el pensamiento liberal.
En este ir y venir sin fin entre universalización y la defensa de la singularidad -Trump en pleno siglo XXI defendiendo la supuesta superioridad a partir del origen- han aparecido grandes ideales modernizadores. Las Olimpiadas nacieron casi ocho siglos antes de nuestra Era. Su propósito: fomentar la excelencia física y mental y así rendir homenaje a sus dioses. Ojo, no era uno. Al volverse sistemáticos, en cada celebración, se decretaba una tregua entre las ciudades-Estado en conflicto o guerra. Lo primero era lo primero: el fíat ético. Esos J.O. de la antigüedad inspiraron a los actuales, nacidos en el siglo XIX con el impulso del barón de Coubertin, quien fundó el Comité Olímpico Internacional, dando así vida a la Carta Olímpica. De las ciudades-Estado, pasamos a la competencia entre naciones. Meta central: la búsqueda de la excelencia. Sólo las Guerras Mundiales y el COVID, han interrumpido su celebración. Esa competencia mundial ha ampliado sus horizontes a los Juegos Paralímpicos -para atletas con algún tipo de discapacidad- los Juegos Olímpicos de la Juventud y los de Invierno. El ánimo universal y civilizatorio sigue siendo guía: competencia, con reglas claras. A pesar de los muchos problemas, amenazas, el boicot de los medios de comunicación, el acecho de la comercialización despiadada o desviaciones de delegaciones nacionales, cierta ética sigue siendo la brújula. La Copa del Mundo es otra cosa.
En Netflix circula un devastador video -“El negocio más rentable del mundo: FIFA”- que exhibe la brutal corrupción entre los directivos de la FIFA en las últimas, por lo menos seis décadas: gobiernos locales y empresas que lucran con el entretenimiento y la pasión nacionalista de miles de millones de seres humanos. Negocios multimillonarios que se generan en la asignación de las sedes, las marcas, los patrocinadores, mucho dinero que termina en cuentas clandestinas. Los medios y la afición, en lo general, mantienen una visión acrítica, no quieren ver que la “fiesta” implica degradación colectiva. Qué decir de la intervención insultante, de Trump para impulsar a su equipo, con trampas. Un asco. Seamos fríos: son una mafia.
La Copa puede ser civilizatoria, siempre y cuando la afición eleve sus exigencias éticas y regresemos a la inclusión y la búsqueda de excelencia. La amplia tolerancia de la afición a los desvíos es parte del problema, también de la solución.
Principios, transparencia, respeto a las normas, excelencia. Silencio = complicidad.
De regreso a los orígenes.