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Sami

Diálogo

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YAMIL DARWICH 2 ene 2026 - 08:46

Antes de terminar el año, el 28 de diciembre, murió el Doctor Sami René Achem Karam, un lagunero de cepa, que dejo plasmada su huella en muchas personas, entre ellas su servidor, que tuve la fortuna de conocerlo como amigo, profesor, profesionista y eminencia del área de la salud médica internacional.

A muy pocas personas les he dedicado un "Diálogo", Sami, como lo nombrábamos quienes lo tratábamos, es una de ellas. Su trayectoria como ser humano fue ejemplo de muchos y no por nada ha sido muy sentida su muerte para los laguneros.

Graduado como médico cirujano, por la Universidad Autónoma de Coahuila, Unidad Torreón, dejó constancias difíciles de imitar por los egresados de todas las generaciones; ganador de todos los premios a estudiantes de medicina -uno, llamado Robins, lo ganaba año tras año; en la académica, se ganó la admiración de compañeros y maestros.

Varias veces fue invitado a la Unidad Torreón, ya como eminencia del campo de la medicina interna y gastroenterología, para que dictara sendas conferencias sobre los estudios y avances que realizó en la investigación de su área de especialidad; y de la misma forma, acudió a los hospitales de mayor prestigio en México.

Quienes fuimos testigos de su desempeño como profesionista y tuvimos la fortuna de tratarlo quedábamos gratamente impresionados, no solo por su conocimiento, sino por la calidad humana que siempre manifestaba hacia las demás personas. El no tenía distingos entre uno y otro, siempre atendía a sus interlocutores prestándoles la misma atención y respeto.

Los que tuvimos la fortuna de ser sus alumnos en el Instituto Francés de la Laguna, dónde impartía las materias de Anatomía Humana e inglés, aprendimos de él, no solo sus conocimientos sobre la constitución de nuestro cuerpo, incluya sus recomendaciones y consejos del buen ser como personas y su profunda fe en Dios, que siempre le acompañó y dio como testimonio.

Tan solo le comento una de mis experiencias con Sami: al aprender la materia Anatomía Humana, en el aula del bachillerato y ocasionalmente asistiendo a la escuela de medicina, nos compartía sus conocimientos con tal vehemencia que terminábamos por esforzarnos en imitarle -eso es lo que en educación se conoce como un "émulo a seguir", objetivo de los profesores de vocación- y tal fue el resultado que, al cursarla en la UNAM, me pareció sencilla y apasionante, obteniendo un "MB", la más alta calificación, porque ya todo me era conocido; ese mismo resultado lo obtuvieron otros compañeros, quienes gozaron del mismo aprendizaje y, consecuentemente, alcanzaron la misma calificación. Es una materia de las llamadas "filtro".

Su capacidad de amar lo hacía entregarse a todos sus cercanos, más allá de familiares, hasta sus alumnos y conocidos, incluidos todos los que le pedían consejo; así trató a uno de mis hijos, aconsejándolo y animándolo a continuar haciendo su mejor esfuerzo en la especialidad de medicina interna.

Otro de sus desplantes de bonhomía: al descubrir al citado Akram -siendo el aún estudiante- entre los oyentes de una de sus conferencias, lo llamó al finalizar su intervención y pasándole el brazo, habló de el dando las mejores referencias a todas las eminencias que le acompañaban; sus maestros mostraban sorpresa por los comentarios que hacía tan sobresaliente médico del joven residente. Motivación incomparable.

Sus conocimientos científicos lo llevaron a trabajar a uno de los mejores hospitales del Mundo: la Clínica Mayo, dónde sobresalió por sus trabajos de investigación del campo de la fisiopatología gástrica, siendo colaborador frecuente de las revistas médicas de mayor reconocimiento internacional, compartiendo sus experiencias con el mundo. Tal era su talla mundial.

Nunca dejó de mencionar a su Comarca Lagunera, a la que llevaba consigo a todas las partes del planeta, donde entregaba su conocimiento y, ufano de ser mexicano, no negaba el origen de la tierra de sus padres: Líbano, a donde viajó y durante un año aprendió el idioma y se empapó de sus usos y las costumbres.

Ni que decir de tantos años profesando e influyendo con el ejemplo a hermanos, esposa e hijos.

Sin dudarlo, sus alumnos recibimos un gran tesoro con la educación que nos entregó.

Quienes piensan que "nos vamos con la muerte" se equivocan fatalmente; algunos pocos, como Sami, permanecen vivos en todos los que le conocimos sirviendo y aprendimos de él; los que recibieron su ayuda como médico y consejo como persona, incluidos aquellos que aprovecharon sus conocimientos en el momento de tratar a pacientes propios que, sin saberlo, también gozaron del regalo del eminente; él, aun corrigiendo, lo hacía de tal forma que nos obligan a reflexionar sobre nuestros actos y, en muchas ocasiones, a cambiar la conducta.

Adiós Sami, aunque sigues presente en nuestra mente; quienes somos creyentes no tenemos la menor duda de saber -hasta envidiar- dónde te encuentras.

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