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OPINIÓN

Sin cejar en la lucha, por la dignidad humana

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Sin cejar en la lucha, por la dignidad humana

ENRIQUE IRAZOQUI MORALES 13 mar 2026 - 04:03

En los últimos años, las marchas del 8 de marzo han sido el termómetro de la lucha por la reivindicación de las mujeres en México. Cada año en esta fecha en particular, es el recordatorio de que la violencia de género no es un problema aislado, sino una crisis estructural que atraviesa todas las capas de la sociedad. Sin embargo, cuando la fecha cae en domingo, como ocurrió en 2020 - en ese año estaba justo el inicio oficial de la pandemia del Covid- la participación se reduce. No es casualidad: las trabajadoras y estudiantes, que suelen ser el corazón de estas movilizaciones, encuentran menos incentivos para salir a las calles en un día de descanso. Esto último es mero anecdótico.

¿Significa esto que la protesta pierde fuerza? En absoluto. La menor asistencia no borra el carácter simbólico de la jornada. Al contrario, lo reafirma: incluso con menos cuerpos presentes, las consignas siguen resonando con la misma urgencia. El lunes siguiente, el paro nacional "Un Día Sin Nosotras" - que también ha perdido fuerza, porque en realidad es muy discutible si esa medida es justa para todos- demostró que la ausencia de millones de mujeres podía ser tan poderosa como su presencia en las calles.

La coincidencia con un domingo nos recuerda que la protesta también depende de la vida cotidiana. Las marchas no ocurren en un vacío: están atravesadas por horarios laborales, dinámicas familiares y rutinas sociales. Esa es la paradoja del 8M en domingo: menos gente en las calles, pero un eco igual de fuerte en la conciencia colectiva, que no debe olvidar ni un instante que la discriminación por cuestión de género es un flagelo que desafortunadamente pervive en la sociedad mexicana.

Es un problema tan doloroso, que no podemos hablar de las marchas sin recordar los episodios más oscuros, producto justificado o no, de los atropellos que han vivido y siguen viviendo miles de mexicanas: pintas en monumentos, destrozos en edificios públicos, enfrentamientos con policías -incluso policías compuesta por elementos todas mujeres-, agresiones a periodistas. Desde el Ángel de la Independencia en 2019 hasta los choques en el Zócalo en 2021 y 2022, la violencia ha dejado cicatrices en la narrativa del movimiento.

Hay que puntualizar que estos actos provienen de grupos minoritarios, pero su impacto mediático a veces es desproporcionado. Los titulares suelen enfocarse más en los vidrios rotos que en las demandas de justicia. Y ahí está el dilema: ¿cómo equilibrar la legitimidad de la rabia con la necesidad de que el mensaje no se diluya en el ruido del vandalismo?

Las marchas del 8M en domingo nos enseñan que la fuerza del movimiento no depende únicamente de la cantidad de asistentes, sino de la persistencia del reclamo. La violencia registrada en algunos episodios es innegable, pero tampoco puede ser usada para deslegitimar la causa.

El verdadero legado de estas movilizaciones es haber colocado en el centro del debate nacional la crisis de feminicidios y la urgencia de políticas efectivas contra la violencia de género. Los monumentos se pueden restaurar mayormente; las vidas perdidas, no. Esa es la diferencia que nunca debemos olvidar.

En cuanto a lo sucedido en la provincia del norte, por lo menos en lo que respecta a la marcha ocurrida en La Laguna, esta transcurrió sin actos de violencia de calado. Al contrario, en esta ocasión quizá lo más significativo fue la vibra que se sintió alrededor de madres o familiares que han sufrido la desaparición o asesinato un ser querido - en este caso obvio, féminas- y que, en su doloroso peregrinar en búsqueda de justicia, acusan un natural cansancio, pero la pena y la falta natural de paz las siguen impulsando. Mujeres vestidas de negro que hacían circulo alrededor de aquellas que más han sufrido acentuaban el ambiente de la marcha.

Incluso había hombres que, vestidos de morado, el color oficial del día, ofrecían alimentos o bebidas a las marchantes, quienes, en lugar de agredir a los varones, agradecían la atención. La razón de presencia masculina por allí era porque señalaban que sus hijas, esposas, iban en el contingente. Clara empatía.

Aunque, por ser domingo en esta ocasión, no retumbó como en las marchas próximas anteriores, como sociedad e individuos todos de razón, no podemos cejar en la lucha: igualdad y respeto para todos por igual, seas masculino o femenino. Ni un paso atrás, en aras de misma dignidad humana.

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