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OPINIÓN

Sobreviví al hongo. ¿Sobrevivirá la justicia?

Columnista invitada

Sobreviví al hongo. ¿Sobrevivirá la justicia?

DINA SIMEI ROMÁN DÍAZ (*) 22 jul 2026 - 08:12

Hay tragedias que terminan cuando se apaga la última luz de una sala de hospital. Y hay otras que continúan durante años. La meningitis fúngica por Fusarium solani no terminó cuando salimos de terapia intensiva. No terminó cuando dejaron de publicarse encabezados. No terminó cuando las cámaras se fueron. No terminó cuando algunos funcionarios cambiaron de puesto o cuando las instituciones dejaron de hablar del tema.

Para quienes sobrevivimos, la tragedia sigue viva. Vive en cada secuela física. En cada consulta médica. En cada medicamento. En cada noche de dolor. En cada familia que perdió a alguien y sigue esperando respuestas.

Yo soy una de esas sobrevivientes. Durante más de tres años he visto cómo una negligencia que jamás debió ocurrir se convirtió en una batalla interminable por la verdad y la justicia. He visto cómo la enfermedad nos arrebató salud, estabilidad económica, proyectos de vida y, en muchos casos, seres queridos.

También he visto algo que merece ser reconocido: la solidaridad de muchas personas. Agradezco profundamente cada apoyo recibido. Agradezco a quienes tendieron una mano cuando todo parecía perdido. A quienes ayudaron con medicamentos, traslados, alimentos, apoyos económicos o gestiones necesarias para sobrevivir.

La gratitud forma parte de mi historia. Pero la gratitud no puede convertirse en silencio. Porque existe una diferencia enorme entre ayudar a una víctima y hacer justicia a una víctima. Durante estos años se nos ha dicho, de muchas maneras, que deberíamos sentirnos satisfechos. Que recibimos apoyos. Que hubo acompañamiento. Que se hicieron esfuerzos. Y sí, es verdad.

Pero ninguna despensa reemplaza una investigación transparente. Ningún apoyo económico reemplaza la rendición de cuentas. Ningún programa social reemplaza la justicia. Lo que ocurrió no fue una desgracia inevitable enviada por el destino.

Fue una tragedia que expuso fallas graves en los sistemas de supervisión, vigilancia sanitaria y protección de la salud pública. Y cuando una institución falla en proteger a los ciudadanos, la responsabilidad no desaparece con el paso del tiempo.

Al contrario: se vuelve más urgente. Después de más de tres años, la pregunta sigue siendo la misma: ¿Quién responderá realmente por lo ocurrido? Porque mientras los expedientes penales y de fiscalía anticorrupción avanzan lentamente, para mí como sobreviviente las secuelas avanzan todos los días.

En mi caso, la historia no se resume a un diagnóstico. Incluyo hemorragias cerebrales, neurocirugías, pérdida de la visión, convulsiones, neuropatías, dolor crónico, estrés postraumático, ansiedad y depresión, entre más diagnósticos que van apareciendo como un efecto dominó que incluyen tratamientos permanentes y una vida que jamás volvió a ser la misma.

Sin embargo, el verdadero problema no es únicamente mi historia. El verdadero problema es que detrás de cada sobreviviente existe una pregunta incómoda que nadie parece querer responder completamente.

¿Qué mensaje recibe una sociedad cuando una tragedia de esta magnitud ocurre y, años después, las víctimas siguen esperando verdadera justicia?, ¿qué confianza puede tener un ciudadano en las instituciones cuando observa que los procesos avanzan con lentitud mientras las consecuencias de los afectados son permanentes?

La impunidad no solamente daña a las víctimas. La impunidad debilita la confianza de toda una sociedad. Por eso decidí continuar mi búsqueda de justicia, demandando en tribunales federales. No porque busque venganza. No porque viva anclada al pasado. Lo hago porque las instituciones públicas deben asumir las consecuencias de sus actos y de sus omisiones.

Lo hago porque ninguna democracia puede construirse sobre el olvido. Lo hago porque las futuras generaciones merecen saber que las vidas humanas valen más que los intereses políticos o administrativos.

Y lo hago porque sé que no soy la única. A todas las personas afectadas por la meningitis fúngica por Fusarium solani, a las familias de quienes fallecieron y a quienes aún viven con secuelas físicas o emocionales, quiero decirles algo: no están solos.

El tiempo transcurrido no borra el daño. El silencio no extingue los derechos. Y la justicia no debe depender de la capacidad de una víctima para resistir años de espera.

Por ello hago una invitación abierta a quienes deseen informarse, participar o sumarse a las acciones legales que actualmente se impulsan para exigir verdad, rendición de cuentas y justicia. Informarse, participar y exigir justicia no es un acto de confrontación; es un acto de ciudadanía y de humanidad.

Porque cuando las instituciones fallan, exigir responsabilidades no es una opción extrema. Es un deber democrático. Sobrevivimos al hongo. Ahora necesitamos que la justicia sobreviva a la impunidad.

Si usted o algún familiar fue afectado por el contagio que se dio en el año 2022 en Durango, Durango de meningitis fúngica por Fusarium Solani y desea recibir información, orientación o conocer más sobre las acciones legales en curso, puede comunicarse con nosotros vía WhatsApp al 618 269 5022, con el licenciado Antonio Bracho.

Será un gusto atenderle y acompañarle en este proceso.

(*) La autora de este texto es sobreviviente de meningitis fúngica por Fusarium solani.

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