Hay días en que el sol
parece llegar tarde,
como funcionario que promete
estar “en los próximos minutos”.
La ciudad despierta cansada,
con sus bolsillos vacíos
y sus discursos llenos.
Nos dicen que todo mejora,
que el futuro viene en camino,
que la esperanza está trabajando.
Uno mira la mesa,
revisa la cartera
y piensa que quizá
el futuro tomó otra ruta.
Pero aquí seguimos.
Con un café entre las manos,
una canción en la memoria
y esa vieja costumbre
de no rendirnos del todo.
Porque también hay victorias pequeñas:
levantarse cuando pesa el mundo,
abrir un libro cuando sobra la tristeza,
abrazar a quien queremos,
seguir creando
cuando nadie garantiza el aplauso.
Nos han pedido paciencia
como quien pide el voto:
con una sonrisa,
una promesa
y fecha de caducidad.
Pero la esperanza no necesita campañas.
A veces vive en una ventana,
en la voz de un amigo,
en la mujer que nos espera,
en el hombre que todavía sueña,
en quien sigue creyendo
que este país merece algo más
que discursos bien iluminados.
Y si mañana vuelve la tristeza,
que nos encuentre despiertos.
No somos héroes,
apenas sobrevivientes
con algunas canciones
y demasiadas cuentas pendientes.
Pero todavía podemos reír,
todavía podemos amar,
todavía podemos decir que no,
todavía podemos imaginar
un país donde el futuro
no sea una promesa electoral.
Así que caminemos.
Con las heridas a cuestas,
con la memoria encendida
y el corazón terco.
Porque quizá la esperanza
no sea creer que todo irá bien.
Quizá sea esto:
saber que todo puede estar mal
y, aun así,
tener el valor
de intentarlo otra vez.
Mañana habrá discursos.
Nosotros tendremos la vida.
Y por ahora,
con eso basta.