Todo lo que no dije, lo escribó
El Día de las Escritoras se celebró el 14 de octubre, fecha que busca visibilizar el trabajo de las mujeres en la literatura. Este día no solo honra a las autoras del pasado, sino que también invita a reflexionar sobre la importancia de dar voz y espacio a las escritoras contemporáneas.
Y al pensarlo no puedo evitar mirarme, porque escribir, para mí, nunca ha sido solo un oficio, ha sido una forma de nombrarme. Yo escribo desde ahí, desde estar intensamente viva, emocionalmente valiente, capaz de sentir con profundidad, quizá por eso tengo alma de escritora, de mujer libre. Escribo con imágenes, emociones y sensaciones con mucha fluidez. A veces escribo como si estuviera dejando que el alma hable primero, y luego el cuerpo la alcance. A veces ni sé de dónde sale lo que escribo, pero me fluye con verdad… Escribo como si hablara con alguien de confianza. Sin adornos innecesarios, pero con una intensidad que viene desde dentro. A veces suave, a veces fuerte, pero siempre genuina, toda palabra es un regreso a mí. No escribo por escribir, escribo para decir algo que importa, algo muy propio, profundo, valiente, con tintes poéticos y filosóficos, pero también con una aguda mirada crítica y una pizca de humor irónico. Escribo desde la entraña y desde el asombro, escribo con la piel abierta. Desde la herida que ya aprendió a reírse un poco, y desde la lucidez de quien ha visto demasiado para fingir que no pasa nada.
No me interesa maquillar la verdad. Prefiero la palabra honesta que incomoda, que desnuda, que revela. Pero tampoco escribo para aleccionar a nadie, escribo para no ahogarme. Para ordenar el caos con puntos y comas. Para abrirle la puerta a lo que siento, antes de que se convierta en un huésped rencoroso.
Tengo una pluma que acaricia y araña. Que puede ser abrazo o sacudida. A veces soy dulce, a veces filosa. A veces río en medio del drama, y otras veces lloro escribiendo una línea que parece simple pero me desgarra por dentro.
Escribo como hablo conmigo misma cuando no hay testigos. Como susurro, como exorcismo, como carta que quizá nunca envíe. Pero también como ofrenda, porque sé que lo que digo, alguien allá afuera, también lo está sintiendo.
Escribo como si cada palabra bajara desde algún lugar misterioso, y yo sólo fuera la portadora, la traductora del alma.
Mi escritura no es casual, es ritual, es un espejo. A veces viene con rabia de siglos, otras con la ternura de una madre. Pero siempre llega con verdad, con esa verdad que algunas prefieren callar... y yo no.
Soy intensa, sí. No vine a gustar, vine a decir, vine a contar, vine a escribir lo que otras no se atreven a nombrar. A veces escribo para sobrevivir, a veces para resucitar. Donde arde mi alma, florece la palabra, convierto el fuego en tinta.
Escribo porque tengo el alma llena de historias que no quieren morirse calladas. Porque el cuerpo recuerda y la palabra también. Porque a través de la escritura, me transformo, me sano, me desnudo, me reconcilio.
Mi manera de escribir no es técnica, es alquimia, es femenino salvaje y si incomoda… mejor, porque las verdades suaves no cambian el mundo.
Mi manera de escribir no busca aplausos, busca verdad, busca libertad, busca belleza aunque esté escondida entre los escombros, busco que ninguna emoción se quede sin ser dicha, aunque sea en voz bajita.
Así habla el silencio cuando soy yo, lo que escribo me escribe, porque al escribir no sólo narro, me reconozco, me levanto y me vuelvo hogar de mi propia alma. Y si mis palabras duelen, sanan o despiertan… entonces he cumplido mi destino: Ser mujer que escribe como quien abre el alma y deja entrar la luz. Ser mujer que escribe como quien transforma el dolor en lenguaje. Ser mujer que escribe como quien teje su libertad con cada palabra…