¿Un país de licenciados?
Hace poco más de una década le ofrecí a un lejano sobrino mío 100 pesos por cada libro (novela, poesía, ensayo), que leyera. Yo le proporcionaba o sugería el ejemplar que debía elegir (o en su caso, que él lo hiciera); después me entregaría un resumen acerca del mismo y cerrábamos el trato. Mi jodida y filantrópica actitud se desmoronó al segundo o tercer libro cuando me percaté de que el niño -tendría 11 o 12 años- copiaba fragmentos de crítica literaria en Internet y me los entregaba como si fuera yo un dinosaurio incapaz de darme cuenta de lo que sucedía en el subsuelo de la tecnología. El trato terminó, yo me ahorré mi dinero y el continuó siendo un poco más bruto. No me avergüenza mi ingenuidad sino la vocación a la marrullería. No todos los jóvenes poseen un deseo de conocimiento innato, sus padres son tan displicentes y limitados como sus hijos, y la barrera que se extiende contundente entre la preparación intelectual que el Estado propone y el interés de las masas juveniles por lo que consideran conveniente saberse ha desligado profundamente. Lo sucedido en la Suprema Corte de México es un buen ejemplo: si la misma institución permitió los acordeones en la elección de jueces, ¿por qué entonces los mozalbetes no pueden utilizar acordeones electrónicos para aprobar un examen e ingresar a los estudios de educación superior, como le llaman? La tecnología (IA, plataformas, Internet y demás instrumentos comunes que sorprenden tanto a esa comunidad perteneciente a un futuro que ya se convirtió en pasado) tendría que auxiliarnos para construir una convivencia y relación humana con miras a un progreso ético general. Uno que nos sea benigno cuya finalidad sea no tener que soportar a tanta alimaña humana y nociva que habita el planeta como si éste fuera sólo una estación de paso.
Cuando estudiaba en la Universidad, algunos amigos nos preguntábamos, como lo escribiera Gabriel Zaid en su “Progreso improductivo”, ¿por qué razón todos teníamos que ser profesionales y estudiar una carrera universitaria? El país de los licenciados resultaba ser el sueño común en nuestra sociedad; el símbolo del triunfo; el orgasmo del ser exitoso. Era evidente que también poníamos atención profunda en los libros de Ivan Illich, principalmente en sus libros sobre la desescolarización, el abuso de la medicina, y sus opiniones acerca de energía y equidad. ¿A dónde se marcha el conocimiento de todos los filósofos y sabios? Se encapsula en las universidades para que sólo los escasísimos interesados puedan llegar hasta ellos.
El resto de los jóvenes continúa a ciegas persiguiendo ideales impuestos, los cuales desconocen en esencia y que alimentan su incapacidad intelectual y su indiferencia frente a acontecimientos que en verdad los afectan. Sería bastante más inteligente y útil difundir vía cualquier medio tecnológico, o no, un puñado de certezas éticas para llevar a cabo una convivencia menos perturbadora y ruin. Un ascetismo a la altura de una pobreza social común que promueva la solidaridad y la imaginación; una mayor difusión de un lenguaje no especializado que de manera sencilla transmita a las personas el conocimiento acumulado durante siglos por humanos que han pensado más profundamente acerca de las cuestiones convivenciales y morales que influyen a la comunidad en su conjunto; dotar de las mínimas armas críticas a los jóvenes que sueñan con ser universitarios o engrosar las filas del narcotráfico. No necesitamos una miríada de licenciados inútiles (excepto los más capaces para laborar en las diversas áreas del conocimiento en todos los campos: la UNAM es quizás la institución más noble creada en esta época), y mucho menos a gárrulos criminales que, armados de una metralleta, creen poseer el mundo.
El tejido social es un tejido ético. Un buen amigo sugería hace años que todas las televisiones y sillas de los restaurantes que se hallan en desuso durante las mañanas podrían servir como punto de reunión y transmisión del saber que propongo (además de proponer la relación entre personas). Mientras la montaña de títulos crece y nos sepulta (ahora más, tomando en cuenta a los jóvenes delincuentes que utilizan la tecnología para ingresar a la universidad vía posibilidades tecnológicas), vemos dibujarse una sociedad circense, pero triste para todos aquellos que consideran que la expansión del progreso puede ser horizontal, solidaria y justa. ¡Seguro que sí!