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OPINIÓN

Una batalla poética (I)

Una batalla poética (I)

CONSUELO SÁIZAR DE LA FUENTE 31 ago 2026 - 07:42

Hace un par de días, por las redes de Joaquín López-Dóriga, me enteré de que, con su ampliación, el aeropuerto internacional de Tepic comenzaba a presentarse como «Aeropuerto Internacional Tepic–Riviera Nayarit». El nombre de Amado Nervo, que ha identificado históricamente a la terminal, quedaba fuera de la nueva denominación visible. La escena carecía de dramatismo: una fachada limpia, una fórmula turística, la serenidad burocrática de las decisiones que parecen explicarse solas. Precisamente por eso inquietaba. Las pérdidas simbólicas rara vez llegan con estrépito; suelen estrenarse con tipografía nueva.

Grabé un video: ciertos asuntos exigen una postura pública. Quise señalar lo que la costumbre comercial vuelve invisible: un aeropuerto también es un texto. Es la primera frase pública que lee quien llega y la última que recuerda quien se va. En un nombre, una ciudad ensaya su autorretrato y revela su vocación. Durante años, el de Tepic llevó el nombre de un poeta, un privilegio infrecuente. El Federico García Lorca de Granada ofrece un precedente luminoso. El cambio parece mínimo hasta que uno se pregunta qué idea del lugar cabe en cada fórmula.

La comunidad literaria de Nayarit se inconformó de inmediato y pidió conservar el nombre. Me sumé a su petición. Un nombre público trabaja incluso cuando nadie lo mira: entra en los boletos, las pantallas, los anuncios de abordaje, las conversaciones familiares. Hace circular una curiosidad. Entrega al visitante una clave. La cultura pública consiste también en sembrar encuentros cuya consecuencia ignoramos. Alguien leerá Amado Nervo y preguntará quién fue. A veces una tradición completa comienza con una pregunta casual.

La ampliación del aeropuerto merece celebrarse. Una pista de mayor alcance, una terminal renovada, mejores conexiones y nuevas rutas pueden transformar la vida económica de Nayarit. La inversión trae movimiento; la memoria le concede espesor. Entre ambas existe una alianza más fértil que la sustitución. Riviera Nayarit nombra un destino. Amado Nervo nombra una identidad. El destino se promociona; la identidad permite saber desde dónde se habla. Una campaña dura una temporada. Un nombre bien elegido sobrevive a quienes lo eligieron.

La convivencia cabe, literalmente, en la fachada: «Aeropuerto Internacional Amado Nervo. Tepic–Riviera Nayarit». Allí están la ciudad, el destino y el poeta; la ubicación, la aspiración y la memoria. La modernidad suele imaginarse como una sala recién inaugurada de la que se retiraron los muebles heredados. Es una fantasía costosa: termina por confundir la limpieza con el vacío. Modernizar significa añadir posibilidades a un lugar, no volverlo intercambiable con cualquier otro.

Amado Nervo nació en Tepic el 27 de agosto de 1870. Fue poeta y prosista, periodista y diplomático. Viajó a la Ciudad de México, llegó a París como corresponsal de la Exposición Universal, vivió en Madrid y representó al país en Argentina y Uruguay. Su biografía tiene la forma de un itinerario: estaciones, cartas, ciudades, despedidas. Salió de Tepic sin desprenderse de su lugar natal. El cosmopolitismo verdadero consiste en llevar el origen por el mundo sin convertirlo en equipaje folclórico.

Murió en Montevideo en 1919, a los cuarenta y ocho años. Menos de medio siglo bastó para colocar su obra entre las mayores del modernismo hispanoamericano. Así lo entendieron sus contemporáneos: su cuerpo emprendió el regreso a México entre barcos, banderas, escoltas y multitudes. América despidió a un escritor como a una figura central de su vida pública. Esa procesión continental recuerda una época en que la poesía todavía ocupaba espacio físico, congregaba cuerpos, alteraba el ritmo de las ciudades.

Los versos de Nervo pertenecen a la memoria colectiva incluso de quienes ignoran que los escribió un poeta de Tepic. Nervo hizo del arraigo una forma del viaje y del viaje una comprobación del arraigo. Conoció la distancia íntima, la patria recordada desde otra lengua, el regreso que comienza mucho antes de comprar un boleto. Los aeropuertos administran hoy esas emociones mediante horarios y claves. En una estación aérea contemplamos lo más íntimo: alguien parte, alguien espera, alguien vuelve. Llamar Amado Nervo a la terminal de Tepic permite que esa maquinaria conserve oído: el de la poesía.

Carlos Monsiváis describió la extraña durabilidad del poeta. «La fama literaria de Amado Nervo, como la de casi todos los poetas de crédito institucional, se cifra por lo común en las todavía amplísimas resonancias de su nombre, en su caso tan a prueba del olvido», escribió al abrir Yo te bendigo, vida. Amado Nervo: crónica de vida y obra, el libro que, en 2002, Julia de la Fuente —hoy mi esposa— y yo editamos para el Gobierno de Nayarit. La frase vuelve ahora convertida en argumento: la resonancia del nombre forma parte de la obra y de su presencia social.

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