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OPINIÓN

Una batalla poética (II)

Una batalla poética (II)

CONSUELO SÁIZAR DE LA FUENTE 1 sep 2026 - 07:44

Monsiváis había aprendido a desconfiar del pedestal, ese mueble incómodo de la cultura oficial. Por eso su lectura importa. Señaló las caídas de Nervo en el facilismo, su temperatura devocional, el desgaste de la poesía rimada; también reconoció “el oído literario perfecto” y la destreza que sobrevivía a esas caídas. Su justicia crítica consistió en sostener al mismo tiempo el reparo y la evidencia. Admirar sin examinar produce estampitas; examinar sin admirar produce inventarios.

La prueba estaba en la calle. Los versos reaparecían, escribió Monsiváis, “siempre en donde no se lee”. Nervo vive en las recitaciones de sobremesa, en álbumes, dedicatorias, lápidas, antiguas cartas de amor; vive en la voz de quien jamás abriría una antología y, sin embargo, sabe decir: “Vida, nada me debes; vida, estamos en paz”. La posteridad comienza cuando una frase pierde la dirección de su autor y encuentra domicilio en la memoria.

Llamarlo cursi fue durante décadas una contraseña de sofisticación. La cursilería, sin embargo, suele ser el nombre que una sensibilidad nueva da a la emoción que heredó y ya no sabe administrar. Nervo soportó el cambio de gusto porque había intervenido en algo más profundo que el gusto: la educación sentimental de una época. La crítica establece jerarquías; la memoria registra intensidades. Confundir esas tareas empobrece a ambas.

Los aeropuertos mexicanos honran a presidentes, militares, revolucionarios, juristas, aviadores y figuras de la Independencia. Tepic ofrece una excepción valiosa entre las principales terminales comerciales: el reconocimiento a un poeta. En el panteón aéreo de la República, Nervo introduce otra forma de servicio público. Recuerda que una nación se funda también con metáforas, que el idioma reclama soberanía y que una vida dedicada a las palabras merece viajar junto a las vidas dedicadas a las armas o al poder.

La singularidad posee además eficacia promocional. “Riviera” es un género; “Amado Nervo”, una biografía. El mercado prefiere los géneros porque puede reproducirlos; los viajeros recuerdan las biografías porque resultan irrepetibles. Quien llega saturado de marcas idénticas agradece encontrar un nombre que ofrezca resistencia a la equivalencia. Un aeropuerto llamado como un poeta comunica, antes de cualquier campaña, que ese territorio también se ha pensado, se ha escrito y se ha vuelto verso.

El contraste reciente añade una ironía que convendría aprovechar. La SICT ha anunciado que el nuevo puente entre Bahía de Banderas y Puerto Vallarta llevará el nombre de Amado Nervo. El poeta merece, pues, cruzar el río Ameca mientras corre el riesgo de quedar fuera de la identidad visible del aeropuerto de su ciudad natal. Un puente y un aeropuerto cumplen la misma fantasía civilizatoria: vencer una distancia. En uno, el nombre se estrena; en el otro, se discute su permanencia. La coherencia cultural podría reunir ambas obras bajo una idea sencilla: Nayarit entra al futuro acompañado por el autor que primero lo llevó, mediante el idioma, más allá de sus fronteras. Un nombre público también es un puente: enlaza a quienes llegan con quienes estuvieron allí mucho antes.

La empresa que administra el aeropuerto tiene ante sí una oportunidad: puede hacer que la inversión dialogue con el lugar que transforma. El nombre podría inaugurar una experiencia discreta: unos versos en las salas, una cronología precisa, libros al alcance del viajero. La espera aeroportuaria -ese tiempo suspendido que solemos entregar a las pantallas- encontraría de pronto una frase. La terminal ganaría identidad sin perder eficiencia.

Ésta es una batalla poética. Se libra con argumentos y con una confianza elemental en la conversación pública. Su propósito consiste en sumar, preservar, afinar el oído institucional. Pedimos que la nueva proyección de Tepic y de la Riviera Nayarit viaje acompañada por el poeta. Una obra de infraestructura alcanza su plenitud cuando, además de resolver el movimiento de los cuerpos, comprende la memoria del sitio donde fue construida.

En 1919, América acompañó el cuerpo de Nervo para devolverlo a México. Más de un siglo después, a Nayarit le corresponde acompañar su nombre hasta la nueva terminal. El trayecto mide apenas unos metros y contiene una idea entera de país. Los aeropuertos administran partidas; la cultura decide qué regresa. Que lleguen más aviones, más viajeros, más mundo. Y que, entre el ruido de las turbinas y la prisa de las pantallas, dos palabras sigan diciendo de dónde partimos: Amado Nervo.

Monsiváis vio el nombre de Nervo a prueba del olvido. Lo está, sí, mientras una comunidad decida volver a pronunciarlo. La vida no le debía nada a Nervo, nuestra generación le debe el preservar su nombre en el aeropuerto de Tepic.

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