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OPINIÓN

Una historia incomparable

Una historia incomparable

JUAN ANTONIO GARCÍA VILLA 10 sep 2026 - 07:40

Los tratadistas de los partidos políticos -particularmente el autor clásico de esta materia, Maurice Duverger- plantean que el origen de éstos puede encontrarse en el exterior, como históricamente está probado aconteció con los partidos cuyo origen se encuentra en las llamadas “internacionales”, principalmente los de corte socialista y comunista.

Señalan también que otros tienen su origen en el interior del respectivo país, cuyo surgimiento se debe a grupos parlamentarios preexistentes o a sus respectivos comités electorales de apoyo, o bien por impulso “de sindicatos, iglesias, sociedades de pensamiento o de antiguos combatientes”, según escribe el propio Duverger en su libro “Los partidos políticos”.

Entre los partidos de origen interno han de contarse también los directa y abiertamente creados por el gobierno. El ejemplo más claro de este tipo de partidos lo tenemos en México. Fue el caso de la fundación del abuelo del PRI, cuyo anuncio de su nacimiento se hizo nada menos que por el presidente de la República desde la tribuna del Congreso al presentar su informe de gobierno de 1928. Posteriormente el gobierno mismo creó otros partidos paleros o satélites, igual que hace ahora el actual gobierno con entelequias que a pesar de no obtener el mínimo de votos para conservar el registro, en la siguiente ocasión lo vuelven a obtener.

Sin embargo, la teoría de Duverger no incluye de manera expresa los partidos surgidos directamente de grupos ciudadanos, que no son creados por “sindicatos, iglesias, sociedades de pensamiento o antiguos combatientes”. Veamos un caso:

Hace 87 años, los días 14, 15, 16 y 17 de septiembre de 1939, de acuerdo al cuidadoso recuento realizado por el historiador Aminadab Pérez Franco, se reunieron en la Ciudad de México, procedentes de veinticuatro entidades del país, 272 ciudadanos. Los animaba el propósito de constituir un partido político, que también tendría la personalidad jurídica de asociación civil, por razones de mera previsión. Antes, a lo largo de un año, el grupo organizador había venido desarrollando los necesarios trabajos preparatorios, que fueron puntualmente atendidos. Nada se dejó al azar.

Animaba a aquel grupo el propósito de ponerse de acuerdo en torno a un sólido cuerpo de doctrina política, diseñar la estructura organizativa del partido que pensaban crear, deliberar sobre la realidad del país y elaborar un consistente programa de acción, eficaz para la atención de los arduos problemas nacionales.

Hasta donde se sabe, nada igual había acontecido antes –ni después- en México. Fue aquel un ejercicio edificante, en el doble sentido del término, realizado por ciudadanos distinguidos que gozaban de general estimación entre los vecinos de sus regiones de origen, muchos de ellos con proyección en el ámbito nacional. Reconocidos, además, por su amplia preparación al tratarse de profesionistas de prestigio, de imagen y trayectoria personal respetables.

Predominaban, es cierto, los abogados, la mayor parte de ellos dedicados al ejercicio libre de su profesión. Aunque a su vez casi todos también dictaban cátedra, estaban involucrados en actividades académicas, ejercían el periodismo de opinión, eran autores o traductores de libros de derecho y de economía, principalmente; presidían o habían presidido barras o colegios de juristas, algunos se desempeñaban como notarios públicos o habían hecho carrera en la judicatura, donde varios llegaron a ser o habían sido ya ministros de la Suprema Corte, a saber: Teófilo Olea y Leyva, Fernando de la Fuente y Gabriel García Rojas.

Procede nombrar aquí, así sea apenas una mínima parte de ellos, los nombres de algunos de esos profesionales del derecho: Manuel Herrera y Lasso (de quien Felipe Tena Ramírez dice que ha sido el mejor tratadista de la Constitución mexicana), Rafael Preciado Hernández, Efraín González Luna, Roberto Cossío y Cosío, Toribio Esquivel Obregón, Miguel Alessio Robles, Daniel Kuri Breña, Gustavo Molina Font, Carlos Ramírez Zetina, y una lista que pudiera ser interminable.

Pero no todos eran abogados. Había arquitectos muy reconocidos (Manuel Ortiz Monasterio, Mauricio M. Campos, Carlos Lazo, Enrique de la Mora), médicos (de la talla de Bernardo J. Gastélum, Fernando Ocaranza, Daniel Gurría Urgell, Mario A. Torroella, Felipe Mendoza Díaz Barriga), ingenieros, historiadores, artistas (Fanny Anitúa, Esperanza Iris), músicos (de la talla de Miguel Bernal Jiménez y Manuel M. Ponce), poetas y escritores (José María Gurría Urgell, Salvador Novo, Aquiles Elorduy, Carlos León –quien escribió los guiones de varias de las películas de Cantinflas, Rafael Aguayo Spencer), empresarios (Juan Sánchez Navarro, Eustaquio Escandón, Bernardo Elosúa), banqueros (Anibal de Iturbide, Antonio L. Rodríguez, Carlos Novoa—director del Banco de México), ex rectores de la UNAM: Ezequiel A. Chávez, Valentín Gama, Fernando Ocaranza y Genaro Fernández MacGregor. En fin, imposible mencionar aquí todos los nombres de aquellos mexicanos que hace 87 años se reunieron en pos de un limpio ideal político.

El gran artífice de aquella formidable convocatoria fue un mexicano ilustre, uno de los siete sabios de México, máximo constructor de instituciones, el legislador mayor de este país sin haber sido jamás diputado o senador: Manuel Gómez Morin.

Él fue quien invitó a aquella pléyade de compatriotas a una “brega de eternidad”, a sabiendas, dijo en aquella histórica asamblea constitutiva, de que “aquí nadie viene a triunfar ni a obtener; que un solo objetivo ha de guiarnos: el de acertar en la definición de lo que sea mejor para México”. Advirtió también con toda claridad: “Que no haya ilusos, para que no haya desilusionados”. Así nació, hace 87 años, por los días de fiestas patrias, el Partido Acción Nacional.

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