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ARMANDO FUENTES AGUIRRE, , actualizada 07:26 🕚
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A san Virila le tocaba lavar todos los días los platos, las tazas y los cubiertos de la mesa después del desayuno, la comida y la cena en el convento. También debía lavar las cazuelas y ollas de la cocina.

No era poco lo que había que lavar: los frailes eran muchos. Además ninguno se avenía a ayudarlo, pues acabados los condumios todos se dedicaban a recitar sus preces, a leer los libros sagrados o a meditar los misterios de la religión.

Un día el padre portero le dijo a san Virila:

-¡Si serás tonto! Un movimiento de tu mano haría el milagro de que todo quedara limpio.

Respondió el frailecito:

-Es cierto. Los plazos, las tazas y los cubiertos quedarían limpios, pero a mí me quedaría la mancha de la pereza. El milagro más grande consiste en hacer con gusto tu trabajo. Déjame hacer ese milagro.

El padre portero supo entonces que tener trabajo es un milagro, y que hacerlo gustosamente es un milagro todavía mayor.

¡Hasta mañana!...

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