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Un siglo

Sorbos de Café

MARCO LUKE, , actualizada 08:38 🕚
Un siglo

Cuando menos pienses ya habrán pasado cien años.

Los recuerdos estarán más cercanos del alma, los remordimientos cesarán de doler, de pesar, y entonces ya no será tu voz la que hable, la sustituirá la experiencia de quienes decidan guardarla y pagar con ella los que no desean cometer.

Cuando menos pienses ya habrán pasado cien años.

Los ojos recién se cerraron, pero ya ha pasado un siglo. Recién me dejaste de ver, apenas un segundo que aún podías verme llorar frente a ti, pero ya pasaron cien años, y tu siglo y el mío se quedaron atrapados en esa mirada, apenas hace cien años.

Cuando menos pienses ya habrán pasado cien años.

Y aunque el tiempo vuela aún puedo verte sentada frente a mí. Desconocida todavía. Ambos esquivamos la mirada, cuando se cruzan callamos para siempre, entonces, un siglo camina sobre el pasillo que nos separa. Interrumpe nuestra conversación callada, nuestra plática sin palabras, nuestros besos sin nada.

Pasaron cien años y aún no me he levantado de esa silla porque no quiero dejarte de contemplar. Y tú, a pesar de esas arrugas y esas canas que no llegan, también te quedas.

Cuando menos pienses habrán pasado tus años.

Ya no sostendrás tus pasos como en tu juventud. La jovialidad en donde caminabas dejando tu silueta impresa en el viento, donde se colgaban las miradas de los ladrones intentando llevarse un poco de tu hermosura. Nunca se dieron cuenta que fue tu cuerpo quien coleccionaba sus débiles y morbosas miradas.

Cuando menos pienses habrán pasado mis años.

Pero comienzo a sospechar que mi respiración agitada rompiendo con el protocolo que prohíbe dejar de llorar, no está sola.

Te había visto por las calles de vez en cuando, pero siempre caminé tras tus pasos, por eso siempre fui un extranjero en la ciudad donde estarán por siempre los años de mi infancia.

Cien años sobre el asfalto, sobre las banquetas, sobre la tierra mojada de millones de gotas que no son nada si tu no sabes que existo.

Ahí habrían quedado mis años y mi razón de ser, si no fuera porque mis sospechas se confirmaron.

Te sentaste frente a mí y aunque pasaron cien años, mi corazón sigue latiendo fuerte. El tuyo igual, aunque tu gesto tranquilo por un momento casi me engaña. Su postura indiferente no coincidía con las constantes miradas fingiendo buscar algo en la nada, cuando en verdad buscabas que te amara.

Cuando menos pensé, ya habían pasado cientos de "te amo"

Desde la primera vez que vi tus manos jugueteando con tu cabello hasta el día que los vi descansando sobre mi almohada, ya ha dejado de pasar el tiempo en mí.

EL DIOS DE LOS EXTRAÑOS

Acomodábamos los instrumentos y el equipo de sonido dentro del remolque con mucho cuidado, a pesar del cansancio de tres días seguido de trabajo, cualquier error podía echar a perder alguno de esos aparatos delicados.

Siempre guardábamos energía para esa incómoda y fastidiosa labor, el lado malo de ser músico.

Pasábamos más tiempo como grupo que con nuestras propias familias; entre semana en los ensayos, y los fines, sobre el escenario o alguna fiesta privada.

La confianza, los conflictos y el cariño que nos teníamos, se comparaba a la de una familia, precisamente, y como tal, cada uno inconscientemente asumía un papel.

El mío fue el del psicólogo, el espiritual, el reflexivo. A mis amigos más jóvenes les llamaba mucho la atención que les contara sobre aquellas anécdotas en donde perdí oportunidades de oro.

Pero, esas oportunidades desperdiciadas, las frustraciones profesionales encadenadas siempre al exceso de alcohol, proyectos estancados, etc., me habían hecho comprender y ver la vida con otros ojos. Tal vez eso se proyectaba en mis palabras y en mis actos.

Entonces, mientras cargábamos un par de bocinas, Josué, el más joven del grupo me preguntó:

-Oye, Toño"- Sostuvo el aire para hacer el último esfuerzo y acomodar el aparato. -"¿Tú crees que el Dios de los extraterrestres sea el mismo que nuestro Dios?"

-¿Tu crees en Dios?- Le respondí

-Bueno- Reaccionó. -El mismo Dios en los que creen los humanos-

-¿Cuál de todos?- Volví a contestar con una pregunta.

-Pues... en cualquiera de los que hay- Dijo un tanto indiferente.

La pregunta respondió muchas cosas en mi mente, pero nunca el cuestionamiento filosófico de mi joven amigo.

Pero justo cuando estaba dispuesto a responderle, otro de nuestros compañeros quien estaba cerca le preguntó en un tono burlón.

-¡No jodas, Josué! ¿A poco crees en extraterrestres?

Lo miramos fija e instintivamente y después, nuestros ojos se desviaron a un escapulario que colgaba de su cuello. En silencio, entonces, sonreí y de reojo vi a mi amigo hacer lo mismo.

-Tu también crees en extraterrestres, pero aún no te has dado cuenta-

Le contesté a él, a Josué y a mi mismo.

Un siglo
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