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El melcochero, un oficio agridulce

LILIANA SALOMÓN MERAZ, , actualizada 08:05 🕚
El melcochero, un oficio agridulce

Los dulces siempre son el complemento ideal para un antojo, más si se trata de dulces de antaño elaborados con recetas tradicionales que se van heredando de generación en generación, no sólo en Durango, sino en otros estados de la República Mexicana. Se dice que aun y cuando la gente quede satisfecha después de una suculenta comida, siempre habrá un lugar para el postre, para el dulce. El azúcar endulza el paladar y también el espíritu.

Algunos de los manjares, con exquisito sabor a nostalgia, de la melancolía del Durango que poco a poco se nos va y que forman parte de esta deliciosa herencia son: jamoncillos, garapiñados, palanquetas de cacahuate, muéganos, trompadas, dulces de almendra, pescaditos de nuez, cubiertos de calabaza, enmielados, pirulís, y melcochas o charamuscas, por mencionar algunos de los que aún podemos encontrar.

Y a propósito de las melcochas, éstos son unos de los dulces más tradicionales de Durango, elaborados principalmente a base de piloncillo, rellenos de nuez o cacahuate. De textura frágil y quebradiza como los sueños, las melcochas son una envoltura de dulce crujiente color amarillo quemado, que esconde en su interior el delicioso relleno, el cual, combinado al momento de morderlas y saborearlas, crean la mezcla perfecta en las papilas gustativas.

En nuestra ciudad tenemos la fortuna de contar con una persona que se dedica a seguir preservando esta deliciosa tradición. Su nombre: Rogelio Arámbula Montoya. Diariamente lo podemos encontrar sentado, ofreciendo su producto, por la calle 5 de febrero, frente a la Plaza de Armas.

Rogelio lleva consigo una canasta llena de melcochas que ofrece tanto a locales como a foráneos y las ofrece gritando: "charas, charas...", haciendo alusión a las charamuscas. De los originarios de la ciudad, ya tiene sus clientes, y los turistas gustan comprarle su delicioso producto. Inició aproximadamente en 1990. El legado lo tomó de su suegro Isabel Vázquez, quien se dedicaba a la elaboración de las melcochas y él le ayudaba por las mañanas, cuando su turno laboral era por la tarde. Una vez que Rogelio se retiró de trabajar, se dedicó de lleno a preparar, junto con su esposa Emma Vázquez Mijares, estos deliciosos y complicados dulces.

Para la elaboración de las melcochas el tiempo invertido es de tres horas. La materia prima es principalmente el piloncillo y el cacahuate o la nuez. El grado de dificultad, según Rogelio, es el máximo, ya que en su elaboración se deben manejar altas temperaturas para moldear el caramelo, las cuales le han ocasionado quemaduras tanto en manos como en brazos.

Además, otro de los riesgos de realizar estos dulces es que si a las manos les da un aire, o tocan agua fría, pueden contraer artritis o reumatismo por el cambio brusco de la temperatura; sin contar que el tiempo para manejar el caramelo debe ser exacto, con el riesgo de que si dura más o menos tiempo en el fuego, el dulce se echa a perder y se tiene que reciclar, además del esfuerzo físico que implica estirar y estirar el caramelo caliente en un clavo hasta que tome forma. Es por eso, que este oficio debido al grado de dificultad se torna agridulce y por consiguiente, de los 4 hijos de Rogelio, hasta ahorita ninguno quiere dedicarse al negocio.

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