L gobierno de México, con el impulso de la consejera jurídica, Luisa María Alcalde, y el apoyo de la presidenta Sheinbaum, ha dado un nuevo paso adelante en busca de conseguir el control narrativo en los medios de comunicación electrónicos tradicionales, al dar a conocer los nuevos lineamientos sobre derechos de las audiencias, los cuales contemplan multas y sanciones contra concesionarios de radio y televisión.
Y es que la Ley de Telecomunicaciones reabre el debate sobre libertad de expresión, regulación de medios, redes sociales y pluralidad informativa. Por principio de cuentas el oficialismo se toma a pecho su papel de "Papá gobierno" y pretende velar por el contenido al que se exponen las audiencias, lo cual resulta absurdo, toda vez que cualquier persona a través del control remoto de su pantalla, o de la tecla para cambiar una estación de radio, o a través de su dedo índice sobre su celular pueden cambiar y elegir otro noticiero o espacio informativo que sea de su agrado. No es necesario que el gobierno tutele nuestros derechos y sea él quien nos diga qué podemos o no ver o leer.
Con el pretexto de combatir a la desinformación se pretende regular y restringir a la libertad de expresión. Se pretenden controlar las notas informativas con el pretexto de defender a las audiencias. Además, se pretende crear una entidad reguladora facultada para determinar qué contenidos pueden difundirse y cuáles no, además de decidir qué información es verdadera o falsa.
Preocupa además que estos mismos criterios se pretendan aplicar también a la prensa escrita y a las plataformas digitales, el que los medios estén obligados a hacer distinción de contenidos, de manera evidente, entre lo que es un hecho informativo de una opinión de la o el conductor del noticiero. Esto en términos reales es casi imposible hacerlo ya que en la forma en que el medio presente la nota está contenida una postura y una opinión editorial.
A propósito de esto último, el escritor colombiano, laureado con el premio Nobel de literatura, Gabriel García Marquez, se asumió toda su vida como un periodista. Por el trabajo que realizaba de investigación, comprobación de datos, fidelidad a los hechos y rigor histórico con los que se apoyaba para escribir sus obras, las considera "reportajes novelados", en donde a la presentación de los hechos le añade su opinión, su punto de vista.
Estos lineamientos implicarán, en caso de aprobarse, un duro atentado en contra de la libertad de expresión. Se instalará en el ambiente el que se puedan retirar concesiones o aplicar cuantiosas multas y existirá la posibilidad de que el gobierno cancele o intervenga programas. La Administración Federal desempeñará un nuevo rol: ser policía de los medios.
Cuando el Estado comienza a decidir qué puede decirse y qué no, la discusión deja de ser sobre los derechos de las audiencias. Restringir libertades para fortalecer los controles a un Estado que ha venido destruyendo todos los contrapesos resulta alentador de posturas autoritarias que parecían ya superadas en nuestro país.
A máxima casa de estudios de nuestro país vive una nueva crisis por lo acontecido en su primer examen de ingreso aplicado 100% en línea. Después del escándalo por las irregularidades en los resultados, la UNAM denunció presuntos servicios fraudulentos; el rector Lomelí pidió disculpas y ordenó un examen presencial de control para los seleccionados. Si una institución necesita capas cada vez más sofisticadas de vigilancia para confirmar que quien responde es quien dice ser y que no está haciendo trampa, ¿qué nos dice eso sobre la nueva relación entre evaluación, tecnología e inteligencia artificial?
Una elección es el examen más delicado que aplica una democracia: millones expresan su voluntad y el sistema debe demostrar, ante todos, que fue respetada. Durante años fui partidario de los mecanismos electrónicos de votación, ya que me parecía una consecuencia lógica de la digitalización institucional. Aunque no he cambiado esa convicción, ya no podemos recorrerlo con las certezas con que lo imaginábamos hace algunos años.
El problema no es que las computadoras se hayan vuelto menos seguras, sino que la velocidad con que la inteligencia artificial genera capacidades ofensivas puede superar la del ritmo con que las instituciones renuevan sus estándares de seguridad.
Por ejemplo, una investigación de Anthropic puso a prueba hasta dónde pueden llegar estos modelos; en un entorno controlado, sin atacar sistemas ni dinero reales, IAs al alcance de todos fueron capaces de encontrar fallas de seguridad y diseñar formas de explotarlas que, de haber ocurrido en sistemas reales, habrían puesto en riesgo activos por un valor acumulado de 4.6 millones de dólares. Más inquietante aún: otros modelos encontraron 2 vulnerabilidades que hasta entonces nadie había identificado.
Es innegable que esa misma inteligencia artificial también puede defender un sistema electoral, pero eso no es un consuelo, es el problema: la carrera entre ataque y defensa se acelera por igual. La UNAM no abandonó la tecnología: la usó para contener riesgos que ella misma generó, y aun así tuvo que corregir el rumbo. Entonces, ¿qué ocurre cuando atacar evoluciona más rápido que defender?
Elon Musk ha defendido las boletas de papel y la votación presencial, porque las máquinas electrónicas pueden ser vulneradas. Importa poco si la advertencia viene de él, de un académico o de un especialista; lo relevante es si tiene fundamento técnico. Especialistas electorales responden que los sistemas estadounidenses ya incorporan comprobantes físicos y auditorías independientes.
En México, el INE no ha rechazado la tecnología; mantiene el voto por internet para connacionales en el extranjero desde 2012, amplía la urna electrónica en comicios locales y este año piloteó el voto anticipado por internet en territorio nacional, aún limitado a personas con discapacidad y sus cuidadores en Coahuila.
Sin lugar a dudas, la tesis no es abandonar para siempre la investigación del voto electrónico, sino dejar de asumir que digitalizar una elección equivale automáticamente a modernizarla. El papel no es a prueba de errores; también se puede manipular, aunque los riesgos ya han sido mas explorados.
Tal vez la verdadera modernización electoral, en la era de la inteligencia artificial, no consista en digitalizar todo lo que podamos, sino en conservar una parte de aquello que todavía podemos comprobar sin tener que confiar en el código que lo procesó.
X: @omarortegasoria