Hay un México donde el 10 de Mayo sigue amaneciendo entre flores y serenatas. Sin embargo, existe también ese otro país, mucho más doloroso, donde miles de mujeres dejaron de tener una celebración del Día de las Madres para dedicarse de lleno a un apostolado de resistencia, memoria y exigencia. Ellas son las madres buscadoras.
Sin duda, es una fecha sensible, donde el vacío pesa el doble y donde la esperanza, aunque agotada, sigue obligándolas a levantarse cada mañana para continuar en la incansable búsqueda de sus seres queridos desaparecidos. Mujeres que aprendieron a vivir con el corazón suspendido entre la incertidumbre, el miedo y la indiferencia institucional.
Nada menos este mes, mayo de 2026, en México se llegaron a contabilizar más de 133 mil personas desaparecidas y no localizadas, una cifra espeluznante que desde hace mucho tiempo dejó de ser solamente estadística, pues detrás de cada número hay una silla vacía, una habitación intacta y una madre que jamás volvió a dormir tranquila.
Amnistía Internacional, esta organización global que actúa contra la injusticia y defiende los derechos humanos, denunció que la cifra de desaparecidos en México subió un 10.5 por ciento respecto al año anterior, cuestionando la respuesta de las autoridades mexicanas a la decisión del Comité de Naciones Unidas Sobre Desapariciones Forzadas de activar el artículo 34, para llevar el tema al pleno de la Asamblea General.
En un país como el nuestro, donde las investigaciones no suelen avanzar y donde la impunidad se normaliza, las madres aprendieron a usar varillas, picos y palas. Aprendieron a identificar olores, a leer terrenos y a distinguir una prenda sobresaliendo de la tierra. Se convirtieron en investigadoras y peritos. Y es que el amor por un hijo no les permitió quedarse esperando respuestas oficiales que, en muchos casos, nunca llegaron.
Durango conoce demasiado bien esa desventura. La reciente información sobre una posible fosa clandestina en las inmediaciones del poblado General Máximo García, conocido como El Pino, muy cerca de la capital duranguense, removió recuerdos que parecían olvidados pero jamás se fueron, y que evidenciaron hasta dónde puede llegar la deshumanización cuando la violencia se normaliza.
De confirmarse el hallazgo de restos humanos en el área, volveríamos inevitablemente a los años oscuros de 2011 y 2012, cuando las fosas clandestinas colocaron al estado en el centro nacional de la barbarie. Más de 380 cuerpos fueron encontrados entonces en distintos puntos de la capital y sus alrededores. Imágenes que marcaron para siempre la memoria colectiva de Durango.
La realidad es que aquí siguen despareciendo personas, pero las autoridades se niegan a reconocerlo; peor aún, a tomar acciones. Las integrantes del colectivo Buscando Emilios lo señalan con crudeza: en Durango todavía hay muchas familias que no denuncian la desaparición de sus seres queridos por miedo. Esa frase, por sí sola, retrata el tamaño de la tragedia.
Hay madres que sufren en privado porque temen represalias, porque desconfían de las autoridades o porque simplemente sienten que nadie las escuchará. Lo cierto es que, en Durango, el Día de las Madres también se vive con miedo, como en muchas otras entidades del país, donde continúan acumulándose personas desaparecidas y desapariciones silenciadas.
EN LA BALANZA.- Alarma lo ocurrido con las familias desplazadas de Tamazula, Durango, donde autoridades estatales y federales no garantizan la seguridad de la población. Resulta estremecedor que cerca de cien personas, entre ellas mujeres y niños, hayan tenido que huir de sus hogares bajo amenazas y, aun así, fueran atacadas en otra entidad pese al acompañamiento de corporaciones de seguridad. Más grave todavía es que los propios habitantes hablen de "toques de queda", aislamiento y escasez de alimentos, como si se tratara de territorios en guerra. Comunidades enteras viven atrapadas por el miedo y se desplazan por supervivencia, mientras la violencia ya no solo disputa territorios: también expulsa familias y les arrebata su derecho a vivir en paz.
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